Huevos

El huevo es una fuente inagotable de nutrición: contiene la mayoría de las vitaminas, minerales y antioxidantes que necesita el cuerpo. Además, las gallinas ponen huevos durante todo el año y en todo el mundo, lo que facilita disponer de este alimento a un precio razonable, siempre que la gripe aviar no los ponga por las nubes.

Por otra parte, el huevo siempre ha fascinado a la humanidad. Ahí está el famoso, aunque muy cuestionado, «huevo de Colón» o la fábula de la oca de los huevos de oro, con la que Esopo nos prevenía contra la avaricia. Versiones posteriores, como la de «Jack y la mata de judías», actualizaron el mismo relato: riqueza prometida, codicia asegurada.

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Aunque la respuesta está clara desde hace tiempo, la pregunta sigue repitiéndose como si no existiera solución. La respuesta es el huevo. Si alguien quiere saber por qué, puede preguntarlo en los comentarios.

Recuerdo a un profesor que nos contaba cómo, en una cata a ciegas de huevos procedentes de distintas aves de corral, nadie fue capaz de distinguirlos por su sabor. Según explicaba, tampoco existen apenas diferencias nutricionales relevantes entre huevos de distintas razas o sistemas de cría: solo cambian sustancialmente de tamaño, color y precio. El resto lo pone el relato.

Y es que nada sabe mejor, Salmonella aparte, que aquello que encaja con nuestra conciencia. Unos huevos rotos sobre patatas nuevas, aceite de oliva virgen, sal justa y jamón ibérico saben mejor si vienen acompañados de la historia adecuada: gallinas felices, granja cercana y hasta música clásica de fondo. No solo comemos con el paladar; comemos, sobre todo, con la cabeza.

Y ahí está el asunto. Porque ese mismo mecanismo opera fuera de la cocina. También en política. Juzgamos menos los hechos que el cuento que nos resulta cómodo. Aceptamos o rechazamos conductas no por lo que son, sino por quién las protagoniza.

Si no gobernara la izquierda y la derecha hubiese incurrido en una mínima parte de los desmanes actuales, el país viviría en agitación permanente. Manifestaciones constantes, sindicatos en pie de guerra, plazas ocupadas y un mundo cultural clamando contra el fascismo desde todas las tribunas mediáticas a su alcance. ¡Con un par!

Hoy no ocurre nada de eso; el relato manda sobre los hechos y da igual que el huevo tenga una o dos yemas; pase lo que pase, no hay motivo de alarma. Los directores de orquesta de la agitación están sentados a la mesa del banquete: nos gobierna una bienintencionada amalgama multicolor que respalda a un impoluto presidente que ha reiterado su intención de seguir al frente del país hasta 2027. Con eso basta. El resto puede esperar. ¿O no?

Si le convence la propaganda imperante, quédese tranquilo. Siga con su vida. Baje a por el pan y, si hay huevos y su economía lo permite, traiga dos docenas. Si no, ya sabe, vote en cuanto se lo permitan.

Javier López-Escobar

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