Menos zascas y más gobierno

Lo que tenemos delante de las narices pasa desapercibido con frecuencia mientras nos deslumbran con espejismos para distraer nuestra atención, pero, créame, nada es menos obvio que lo que parece obvio. Para mí, esto es una obviedad.

En el manual de instrucciones del político avispado, quintaesencia del cinismo posmoderno, el primer capítulo se titula «La verdad no importa». Lo que importa es construir un cuento lo suficientemente ruidoso y simple como para que el pueblo, ocupado en llegar a fin de mes, se lo trague sin masticar y le termine pareciendo obvio.

Es la era de la conclusión exprés. La gente saca conclusiones sobre economía, inmigración, pandemias, ferrocarriles, infraestructuras hidráulicas o derecho constitucional con la misma facilidad con que pide un café. Le bastan unos segundos frente a una pantalla diminuta, cuyo contenido circula en vertical impulsado por el dedo gordo, para sentenciar. Y nuestros trileros con escaño lo saben.

En el prontuario del ilusionista político se describe el mecanismo. Es simple y, a la vez, perverso. No es sofisticado, pero funciona. Se basa en tres reglas elementales que se repiten con una disciplina digna de mejor causa:

  • Primera: evite los datos complejos. Huya de los matices, de las cifras completas y de todo aquello que requiera más de dos neuronas para ser procesado. La complejidad genera dudas; la simplicidad genera adhesión.
  • Segunda: sustituya el análisis por el caso aislado. Invente —o seleccione con cuidado— un «caso» concreto, emocionalmente potente, y preséntelo como si fuera representativo del conjunto.
  • Tercera: señale a un enemigo. No importa si el problema es estructural, histórico o compartido; necesita un culpable reconocible. Mejor si no puede defenderse.

¿Está usted en la oposición a la oposición —léase: en el gobierno—? Busque una estadística de creación de empleo bien maquillada, con los fijos discontinuos desocupados parapetados tras excusas interminables, y venda el éxito de su gestión económica. Tendrá quien lo compre sin mirar dentro del paquete.

¿Es usted opositor? Recuerde poner la anécdota en el foco: encuentre el caso de un inmigrante que ha cometido un delito. Magnifique el drama, oculte los detalles molestos, tuitéelo quinientas veces y ¡voilà!, ya habrá plantado la idea de que la inmigración es un problema de seguridad.

Mejor un buen ataque que una mala defensa. Todas las armas están permitidas: información parcial filtrada interesadamente a medios afines, tertulias infinitas de reputados opinadores de lo humano y lo divino, carnaza arrojada a la arena del circo para entretener a las masas antes de que un juez haya abierto la boca. Y, por último, remate con la «obviedad» de que «los otros son peores».

El político avispado ha entendido que para engañar al pueblo no hace falta una mentira elaborada. Es el engaño a plena luz; el elefante en la habitación. Nos venden una simplificación grosera como la única verdad posible y, si usted —pobre ingenuo— se atreve a buscar matices o a pedir el contexto completo, lo tachan de tibio, de equidistante o de estar defendiendo al «enemigo».

Me niego a ir por ese camino, seguiré preguntando, leyendo, buscando respuestas y, en cuanto me dejen, ejerceré mi derecho al voto, no por el más brillante en el arte de la propaganda, sino por el menos hábil a la hora de aplicar el manual del político avispado; no por el que mejor simplifique la realidad hasta deformarla, sino por el que parezca más incómodo con ese juego. Con la esperanza, quizá ingenua, de que quien necesita menos trampas retóricas se dedique más a gestionar que a engañar. Menos zascas y más gobierno.

Javier López-Escobar

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