Y hoy de primero… Sándwich para todos

Cuando Javi me dijo que colaborara con una columna al mes, me pareció una locura. Pensé: “¿Qué voy a contar yo todos los meses? La gente se va a aburrir de mí.” El caso es que ya voy por la sexta y este mes me ha pasado algo nuevo y que, dicho sea de paso, ojalá no me pase más.

Este mes se me acumulan las cosas de las que hablar. Eso sería bueno si no fuera por qué cosas quiero contar. O no quiero, pero… ¿Cómo no hacerlo?

Menudo mesecito.

Mirando hacia fuera, que ya hemos dicho alguna vez que consuela un poco por esto de que mal de otros… Resulta que tenemos a Trump, que se ha propuesto volver a ser el hombre más poderoso del mundo (no olvidemos que a Biden le daba un poco más igual), que captura a Maduro una noche mientras dormía (ojo, que es un líder internacional, nos guste o no) y se lo lleva a EEUU para juzgarlo, tomando así un país. Esta es la imagen amable, porque, por otro lado, tenemos las revueltas en Mineápolis por sus políticas contra los inmigrantes. Lo que es tomarse la justicia por su mano sin contar con el resto de la humanidad. Y sin humanidad. Lo que podría hacer el hombre más poderoso del mundo, vamos.

Mirando nuestro propio ombligo, no estamos mucho mejor. Por supuesto, no puedo dejar de hablar del accidente de tren que ha consternado a todo el país.

Domingo por la tarde, ese día en el que muchos tratamos de descansar en casa en familia, y de repente todos los móviles empiezan a sonar (así somos en casa, nos bebemos las noticias y nos saltan las notificaciones de todos los medios). Ha descarrilado un tren en Adamuz.

A los segovianos nos saltan todas las alarmas, claro. Porque quién no recuerda el Alvia de Santiago. Ese que pasó por Segovia y en el que perdimos muchas vidas.

Luego ya no era un tren. Eran dos. Y las víctimas no paraban de aumentar. Desgracia, desgarros. Historias que no acaban. Despedidas pendientes. Besos que no se han dado. Te quiero, que no se han dicho. Manos que se han soltado para siempre.

El corazón del país late al unísono encogido. Y solo flota una pregunta en el aire: ¿Por qué? Esto no tocaba. No es ley de vida.

Entonces comienza el baile. Mientras los ciudadanos seguimos consternados, mientras empatizamos con quienes han perdido lo más grande, empiezan a salir noticias. Empiezan a depurarse culpables. Nadie quiere haberlo sido, pero alguien tiene que serlo.

Una vía rota, que rompe 46 vidas. Y da igual si es falta de mantenimiento de la vía, del tren, de la catenaria o de lo que quiera que sea que pueda ser, que yo no tengo ni idea de trenes. El caso es que es dejadez. Ahorro en costes. Y aquí una servidora que siempre dice que la seguridad no es un coste, es una inversión, se echa a temblar.

Nos gastamos millones en tonterías que quedan bien. Publicidades, programas de televisión, viajes, espectáculos… en partidas que mejoran la foto y dan votos. Pero un mantenimiento no sale en la foto, no se ve. No da votos. Pero rompe vidas. Y una vez más podemos pararnos a pensar en la importancia de elegir gestores para nuestro país. Personas capaces de mirar más allá de su permanencia en el poder y que, en vez de juguetear con él, se dediquen a darnos la mayor calidad de vida con los recursos de los que disponemos. Lo que hacemos cada día los empresarios con nuestras empresas, vaya.

Los españoles estamos muy cansados del juego. Tanto, tanto, que hay dos posturas: los enfadados y los que ya han pasado ese punto de no retorno, y les da todo igual. No miran.

Lo hemos visto en las dos últimas elecciones autonómicas donde, lejos de lo que promulgan todos, no hay ganadores. Hay una ensalada de partidos que hacen imposible el gobierno de nada y los extremos crecen por el descontento generalizado, pero no se puede ni gobernar ni gestionar. Y los extremos nunca fueron buenos para nada.

Resulta que nos estamos pasando tanto, que la naturaleza ha dado ya un puñetazo sobre la mesa, y llevamos las 7 semanas del año con una sucesión de temporales con nombres amigables, pero que destrozan territorios enteros y paralizan el país. ¿Veis? La diferencia entre una buena gestión y preparación y lo habitual la podemos ver entre Grazalema y Valencia. Porque no sé si lo sabéis, pero ha caído casi 4 veces más agua en Grazalema en estos días que en la Dana en Valencia, y el balance es de 2 fallecidos frente a 238. Esto no va de colores políticos. Esto va de personas.

Alguien, muchos, deberían mirarse el ombligo y saber dar un paso a un lado. Dejar una España y unos territorios gobernables. Aprovechar el tren (sí, lo he metido aposta) de los resultados de las elecciones y marcharse casi elegantemente para dar paso a la lógica, a la coherencia. Para que no tenga que venir nadie por la noche a llevarse a nuestros gobernantes y millones de personas salgan a las calles a celebrarlo por todo el mundo.

Y, dicho esto, vivamos nuestras historias cada día, despidámonos, demos todos los besos y digamos muchos te quiero. Cojámonos de la mano y latamos. 

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