Juegos de palabras

El casado sobrevive cansado. Vaga desnortado, víctima de una especie de especia amarga que le han hecho tragar. La lividez de su tez, acentuada por la libido famélica, delata su falta de afecto; es el efecto del castigo infligido por infringir una norma impuesta sin tasa. Su deleite es hoy su delito, tal como profetizó aquella divina adivina poco apta por su falta de actitud.

Ahora sufre el perjuicio de vivir bajo el constante prejuicio de retales de relato, donde lo eminente de su encargo le pone al filo romo de la cancelación. Es un apátrida buscando una patraña en la que creer, incapaz de admitir que acaban de encontrar otro corrupto incorrupto en su escaño. En este mundo de contextos que son solo pretextos, su mente vierte verdades que el sistema pervierte.

Hasta aquí el juego de palabras; abandono la paronomasia, pues la realidad ya no permite el malabarismo. Aquel hombre desnortado no solo se pierde en la sonoridad de las palabras, sino en la vacuidad de quienes las lanzan desde un púlpito con teleprónter o un micrófono de oro. Hoy, el castellano no se cuida, se exhibe; no se usa para iluminar, sino para deslumbrar a la audiencia mientras se apuñala la gramática.

Asistimos al espectáculo de oradores sin oratoria, más preocupados por la simetría de su peinado que por la de sus frases. Es el triunfo del ruido: nos golpean el oído con ese «es por esto que» —viciosa muletilla que ignora la elegancia de un simple «por eso»—, o nos arrastran a errores de concordancia que ya no son deslices, sino banderas de una impostada modernidad. Gritan sobre «las miles de mujeres», olvidando que «mil» es un sustantivo masculino, dejando que el género forzado devore al número correcto.

Se ha instalado una dictadura del eufemismo y la redundancia vana. Ya no hay problemas, hay «escenarios de complejidad»; no hay errores, hay «áreas de mejora». El lenguaje radiofónico, antes templo de la dicción, es hoy una colección de clichés precocinados y medias verdades donde el dato se sacrifica por el impacto, y el rigor por el share. Se habla para que el mensaje no pese, para que la verdad no escueza y para que la forma, brillante y hueca, oculte el fondo. ¿A quién le importa el fondo?

La extinción de los correctores de estilo no fue un evento repentino, sino una transformación paulatina: la búsqueda de ahorro de costes llevó a los medios a eliminar los departamentos de corrección, transfiriendo esta tarea a los propios redactores. Ahora la automatización y la inteligencia artificial amenazan al último reducto de personas capaces de poner negro sobre blanco lo que sus cabezas elaboran. Es la «muerte silenciosa» de la edición cuidada.

A día de hoy y en base a lo descrito, debemos decir que hubieron muchos medios que, tras detentar un prestigio merecido, han dejado de poner en valor su autoridad para correr en pos de las millones de personas que forman su audiencia. Es por eso que a nivel de lenguaje podemos alegrarnos que la mejoría sea notable y asín nos entendamos mejor…

O como se hubiera dicho hace algunos años, cuando aún importaba tanto el qué como el cómo: hoy, sobre la base de lo expuesto, cabe afirmar que hubo numerosos medios que, tras ostentar un prestigio merecido, han dejado de reivindicar su autoridad para perseguir a los millones de personas que conforman su audiencia. Por ello, en el ámbito del lenguaje, no podemos alegrarnos de que la mejoría sea inexistente, pues solo mediante el rigor lograremos entendernos.

Tal vez, llegados a este punto, ya sepamos decir si Pedro Sánchez detenta u ostenta la Presidencia del Gobierno. Otra cosa es que lo merezca o, si me apura, que nosotros lo merezcamos. No es un juego de palabras.

Javier López-Escobar

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