El próximo domingo 8 de marzo: Día Internacional de la Mujer

Es innegable que el simple hecho de nacer hembra ha supuesto, para la mayoría de las mujeres y en casi todas las sociedades de la historia, una desventaja sistémica frente a los hombres. Y «desventaja» es un eufemismo piadoso. La esclavitud, la humillación, la negación, la cosificación, el abuso y la muerte han sido constantes que definen la condición femenina en la Tierra mejor que cualquier otro rasgo. No es una exageración; probablemente me quede corto. No hablo de hace un siglo: hoy, gran parte de la población mundial sufre discriminación por el solo hecho de pertenecer al sexo femenino.

El 86% de las mujeres y niñas del planeta viven en países sin sistemas de protección legal que las ampare, y en un 16% de las naciones agredirlas ni siquiera se tipifica como delito. En lugares como Somalia, Guinea o Yibuti, la mutilación genital sigue siendo una práctica común. En Afganistán, quienes empezaban a vislumbrar un horizonte de superación han sido violentamente devueltas a la cueva, reducidas a meras posesiones de tipos que las consideran poco más que ganado bovino.

En la presente década, más de 3.000 millones de niñas y mujeres habitan países con calificaciones bajas en igualdad. Pero cuidado: residir en un Estado con calificación «muy alta» no garantiza la inmunidad frente a la violencia estructural. El panorama, si se consultan estadísticas de organismos solventes, sigue siendo aterrador.

Recuerdo que, en mi escuela, cuando nos preguntaban por el oficio de nuestras madres, la mayoría de mis compañeros escribían «sus labores» en los formularios. Yo siempre me pregunté qué era aquello, porque en mi casilla anotaba «maestra». En esa época, pocas conducían o trabajaban fuera de casa porque se les reservaba un papel que, visto con ojos actuales, parece impensable.

En los centros educativos de hoy ya no hay rastro de «sus labores». El alumnado responde sobre la profesión de sus progenitores o tutores con total naturalidad; el lenguaje administrativo ha hecho los deberes. Sin embargo, en los pasillos y en el recreo inquietan realidades mucho más graves que no se resuelven desdoblando el género gramatical. Observamos con estupor comportamientos netamente machistas y, lo que es peor, una aceptación de estos por parte de unas alumnas que, en no pocos casos, los justifican en nombre de un amor malentendido.

La Fundación ANAR advierte de que la violencia que sufren niñas y adolescentes ha aumentado casi un 40% en los últimos años. Un altísimo porcentaje de ellas no se identifica como víctima y ni denuncia ni tiene intención de hacerlo. El agresor suele ser el «novio» y, en tres de cada diez casos, es mayor de edad.

Uno de cada cuatro hombres jóvenes considera que la violencia machista es un «invento ideológico», según la Fundación FAD Juventud. Mientras tanto, las cifras de víctimas mortales en España siguen interpelando nuestra conciencia: desde que hay registros en 2003 hasta el arranque de 2026, 1.285 mujeres han sido asesinadas.

Esto ocurre aquí, en un país que ocupa el cuarto puesto en igualdad de género en Europa. Es cierto que hemos avanzado, pero ¿es motivo de celebración mientras seamos uno de los Estados con mayor demanda de prostitución del continente? La policía y diversos organismos advierten que nuestro país es un centro clave de destino para la explotación sexual en burdeles donde se vulneran derechos humanos a diario.

Me temo que la igualdad es una cuestión de todo o nada. No vale conformarse con que ya no se pegue por norma, o con que se «permita» ir a la universidad y trabajar. No sirven los premios de consolación. Solo vale alcanzar la meta, y para eso hace falta tiempo, vigilancia constante y una educación que vaya más allá del trampantojo que solo sirve de diana a los que predican contra las políticas de género. Se gasta saliva en debates menores o en un lenguaje inclusivo accesorio, entretenidos en buscar la paja en el ojo ajeno. Mejor tratemos de ver qué hacemos cada uno con la viga que hay en el nuestro. Quizás eso no suponga un avance definitivo, pero, al menos, evitará que sigamos retrocediendo.

Javier López-Escobar

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