Hijos de Abraham, hermanos en guerra

En el momento de escribir estas líneas, todo parece indicar una cosa. Cuando usted las lea, ya será otra cosa. Tal es la velocidad de un presente que ha perdido la cortesía de esperar a que lo comprendamos. Cuando los acontecimientos corren más deprisa que las palabras, hay dos opciones: callarse o intentar mirar por debajo del humo y por encima del fango sin renunciar a poner por escrito la opinión que uno tiene.

Mientras paso a limpio estas líneas, la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos cambia casi de hora en hora, ampliando sus efectos militares, políticos y económicos, con ataques a infraestructuras, tensión sobre el gas y el petróleo y dudas sobre unos objetivos políticos que ni siquiera acaban de estar claros, según filtraciones, declaraciones oficiales e informaciones periodísticas.

Por eso quiero mirar un poco más allá, cambiar el enfoque y detenerme en una paradoja. Los tres actores principales, de un modo u otro, beben de tradiciones religiosas hermanas, adoran al mismo Dios y, sin embargo, se comportan como si cada uno representara una civilización irreductiblemente ajena a las otras. En sentido estricto, Irán, Israel y Estados Unidos no son lo mismo ni obedecen a las mismas lógicas, pero sí pertenecen a mundos culturales muy relacionados: la idea de un Dios único, de una historia con sentido, de una ley moral, de un bien y un mal. Son, por entendernos, hijos de Abraham, hermanos en guerra.

¿Le parece una simplificación? Soy consciente de que Irán es una teocracia radical: un sistema donde la legitimidad política se apoya en una arquitectura religiosa y donde el poder se presenta como guardián de una verdad sagrada. En Israel confluyen la memoria histórica, el trauma nacional, la necesidad de seguridad, la estrategia militar, una democracia imperfecta y, en algunos sectores, también el sionismo religioso. Y Estados Unidos, a pesar de su constitución laica, bebe de una larga tradición bíblica y providencialista y actúa como potencia global que persigue intereses geopolíticos, a veces con coartada moral.

Pero precisamente ahí está la cuestión. La religión no actúa sola, pero el poder la adora como coartada. Lo sagrado —o, si se prefiere, lo ideológico— proporciona una ventaja formidable a cualquier gobierno, movimiento o bloque nacional: permite vestir de deber moral lo que muchas veces no es más que cálculo, miedo, orgullo o ansia de dominio. La política se disfraza de fe y adopta su tono, no su verdad, para impostar una voz de autoridad moral que no le pertenece. Ya no se combate a un rival, sino al mal. Ya no se defiende solo una frontera, sino una misión. Ya no se protege solo a los tuyos, sino una verdad superior.

Irán sacraliza el Estado; Israel, la nación herida; Estados Unidos, su propia misión histórica. Tres formas distintas de absolutizar lo propio. Tres maneras de insinuar que la violencia, si la ejerzo yo, deja de ser simple violencia y se convierte en necesidad, en obligación, casi en virtud. Conviene pararse un momento y mirar más allá para recordar que las religiones que hoy se blanden como ariete no nacieron para eso. Germinaron —precisamente en esa tierra que hoy vuelve a arder—, entre otras cosas, para recordarle al hombre que no es Dios, que no todo le está permitido, que hay límites y que los demás no dejan de ser nuestros semejantes porque hablen otro idioma, recen distinto o tengan peor prensa.

Puede que mañana cambie completamente el mapa de esta guerra. A lo mejor cuando estas líneas se lean haya tregua, una escalada o una de esas paces aparentes que no resuelven nada y solo conceden a los sepultureros un pequeño descanso administrativo. Aunque la batalla ocurra lejos, no hay nadie que no esté sintiendo ya el golpe. Ninguna guerra se queda dentro de sus fronteras.

Quizá el problema no sea que nuestras tradiciones sean demasiado distintas. Acaso se parecen demasiado. Comparten tantas cosas en el origen que cualquier diferencia menor puede inflarse hasta convertirse en frontera absoluta. Los enfrentamientos más feroces no siempre oponen a extraños; a menudo estallan entre semejantes que no toleran parecerse demasiado. René Girard vio bien ese mecanismo: «la rivalidad mimética se intensifica cuanto más iguales son los rivales». Los hermanos, como Caín y Abel o Rómulo y Remo, se convierten así en gemelos de la violencia, rivales idénticos que se odian porque se reconocen el uno en el otro.

No sé si esta reflexión aclara gran cosa, pero me inclino a pensar que tal vez contribuya a despejar un poco el campo. Y quién sabe si también a recordar que, antes de matarse por lo que les separa, los contendientes harían bien en pensar un momento en lo que comparten. Si no por sensatez, por puro interés práctico: lo acabaremos notando todos en el surtidor de gasolina o en el enchufe del coche eléctrico.

Javier López-Escobar

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