No conviene confundir el culo con las témporas. Entiéndase por témporas la parte de la cabeza delimitada por los huesos temporales, en tanto que el culo se refiere a la región limitada por las nalgas. Del mismo modo, es desaconsejable confundir la gimnasia con la magnesia, o la velocidad con el tocino.
El refranero es sabio, pero parece que en política se ha tomado como un manual de instrucciones al revés. Y para muestra, un botón: no hace tanto hemos asistido a otra sublimación del ilusionismo gubernamental. En medio de una tormenta perfecta —con una crisis personal a cuestas, fango político, casos de corrupción floreciendo en primavera, catástrofes dramáticas y hasta una guerra asomando por la puerta—, el presidente ha decidido sacarse otro conejo de la chistera. Pedro Sánchez —para unos el número uno; para otros, el líder de la polarización—, trata de distraernos ahora con el sistema «HODIO» (Huella del Odio, con ‘H’, que siempre viste más y disimula el oxímoron). Todo ello envuelto en su conocida liturgia laica y salvífica, diseñada al milímetro en el laboratorio de ideas de La Moncloa por sus setecientos esbirros de cámara.
Es la enésima ocurrencia para mantenernos entretenidos mirando el dedo en lugar de la luna. En vez de arremangarse con los escombros de la realidad, nos instalan un termómetro digital para regañar a las redes sociales. Confunden, de nuevo, gobernar un país con moderar un foro de internet. El coste de la vida se dispara y la credibilidad hace aguas, pero tranquilo, que el Gobierno va a publicar un ranking trimestral de quién tuitea más enfadado. Lo de presentar presupuestos, promover viviendas o arreglar las infraestructuras queda escondido detrás de la cortina; exactamente igual que aquella urna llena de votos que ningún militante emitió.
Toda esta pirotecnia sirve, en el fondo, para vaciar el Congreso. Se trata de no llevar a las Cámaras ni los presupuestos ni la incómoda solicitud de autorización para mover tropas. Como sus señorías no están por la labor de legislar, tratan de confundir a diario la gimnasia con la magnesia. Estirar los isquiotibiales del consenso, tragar saliva y levantar el peso muerto de los problemas reales es muy cansado y desgasta en las encuestas. Es mucho mejor la magnesia: embadurnarse las manos de polvo estético para aplaudir a rabiar cuando el líder suelta el argumentario del día. Mucha épica de tuit, pero a la hora de la verdad, nadie barre la pista.
Y de la magnesia, pasamos al tocino. Vamos a toda velocidad, sí, pero sin mirar hacia dónde, porque por las arterias de la nación lo que corre es la grasa espesa de la retórica. Creemos que ir a 150 pulsaciones por minuto indignándonos en el sofá de casa es avanzar, cuando en realidad es tan solo la antesala de un infarto cívico. Ya no importa si el puente se cae; lo vital es que la culpa sea del que está en la otra orilla del río.
Pero la realidad es terca y la gente no es tonta. Por ir aterrizando: es tan desaconsejable confundir el culo con las témporas como creer que los votantes son borregos y tratar de guiar a los ciudadanos a base de silbidos y perros ovejeros. Tarde o temprano se ven las costuras del disfraz y los líderes terminan con el culo al aire, mostrando sus vergüenzas y dejando claro que entre su par de huesos temporales no hay nada que ofrecer.
Ya veremos si HODIO acaba siendo solo un observatorio más sin dientes reales, si se convierte en una herramienta para rendir cuentas selectivas, o si termina teniendo un impacto tangible en las plataformas. Por ahora, solo queda desear que pase pronto este trampantojo en el que las témporas, la gimnasia y la velocidad no son más que culos, magnesia y tocino rancio. A ver si, a la menor oportunidad, damos paso a quien se ocupe por fin de lo sustancial y deje lo accesorio para después.
Javier López-Escobar
