En junio del año 2023 y después del fallecimiento de mis padres: volví a vivir a la casa familiar con mi mujer y mis hijos. Siempre quise volver; estaba muy a gusto donde estaba, en el Prado Palomo, pero siempre me ha encantado esa casa en pleno centro, cerca de todo y cerca de todos.
Entiendo que para muchos no sea fácil. Vivir en un sitio así. Mi propia hermana que se despertaba con el más ligero el aleteo de un pájaro no pegaba ojo durante las noches de verano. Yo creo que por eso se fue a San Luis, lo más lejos posible. Los niños en verano juegan al fútbol hasta muy tarde y sus gritos y balonazos impiden oír la televisión o concentrarse en la lectura de un libro. Las actividades culturales como La Sargentada, la magia o el teatro también provocan ruidos; las talanqueras, los quintos, las fiestas, los fruteros que todos los miércoles están allí a las 6:30 de la mañana a prepararnos la fruta para todo el pueblo… y por supuesto las campanas, las campanas que en plena era digital me recuerdan cada 15 minutos, durante el día y la noche, la hora en la que vivo, todo esto, y mil
cosas más son ruido, mucho ruido.
Bendito ruido, ruido que da vida, ruido que da alegría, que hace convivencia, que nos mantiene como pueblo, como comunidad; todos esos ruidos son actos sociales, vivencias compartidas. Asomarme a mi balcón y ver a mis mayores sentados frente a él me reconforta; recuerdo cuando de niño veía a esos hombres y mujeres fuertes y trabajadores. Ahora, al verles tan mayores y vulnerables, siento una mezcla de alegría y vértigo. Podía haber elegido cualquier otro sitio para vivir, otro pueblo o incluso la capital con todas sus comodidades, pero elegí este, para mí el mejor lugar del mundo. Me gusta mi pueblo, y me gusta tanto que vivo en él.
Así que no entiendo que, habiendo en la provincia de Segovia 209 municipios y 2.248 en Castilla y León, por no hablar de toda España, teniendo en cuenta que de esos 2.248 pueblos 754 tienen menos de 100 habitantes, teniendo en cuenta esto, ¿Cómo puede ser que una persona decida venirse a mi pueblo, comprarse una casa en la calle más bulliciosa de él y al día siguiente decir que todo la molesta?
Ya existía la churrería cuando fue allí a vivir; no recuerdo cuándo abrió, pero os aseguro que he terminado allí largas noches de embriaguez durante mi adolescencia tratando de arreglar con un chocolate un desastre de diez horas. Ahora, más mayor y formal, voy menos, pero en mejor estado, y siempre soy bien recibido por Dani, Vicky y Cova. Menos tiempo, pero también mucho, desde que Pablo y Curro abrieron su bar en la Reina, en el mismo lugar en el que toda la vida estuvo el Cubanito, donde Elvira y Alejandro nos invitaban a cantar y bailar «de puertas para fuera»; nunca oí a nadie quejarse de ello. Después llegó Farnese para endulzarnos un poquito la vida a todos. ¿A quién le puede molestar esto?
Hace dos años, cuando se compró la casa, ya existía todo esto: existían los quintos, las charangas, los encierros, las despedidas… y le puedo asegurar que hubo años peores. No digo yo que no tenga razón en algunas cosas, pero estigmatizar de esta forma a todo un pueblo no es, en mi opinión, el camino correcto; cuando una se queja por todo, pierde credibilidad y, al final, pierde la razón.
No intente cambiar nuestras costumbres, no intente imponernos las suyas; disfrute de la música y de la vida. Está muy bien Bach y Stravinski, pero también hay que sacar a bailar a la Morocha porque se muere de ganas; nada me es más gratificante que escuchar Paquito el chocolatero agarrado a un amigo con una mano y sujetando un Dyc con Coca-Cola con la otra.
Qué triste sería un pueblo sin ruido como sintió Juan Preciado al entrar en Comala: Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con las que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.»
Somos ruidosos, los españoles somos ruidosos y creo que los de La Granja somos ruidosos por encima de la media, pero aquí se vive muy bien. Podría decirle que se marchara, que buscara otra calle, otro barrio o incluso otro pueblo, pero no, no quiero que se marche, tampoco quiero que la insulten; solo quiero que nos respete, que nos respete tal y como somos, que nos observe y disfrute de lo que tiene a su alrededor; quizás entonces, y como les ocurrió a otros muchos años atrás, disfrute y termine considerándose una de La Granja.
Juan Carlos Gómez
