Crónicas del verano: el regreso a un lugar que casi ya no existe
Cada verano, desde que nací, como un rito íntimo, procuro recorrer los 450 kilómetros que me separan del pueblo. A la ida, el viaje es ilusión; a la vuelta, es señardá. Porque, mientras avanzo por la carretera, me doy cuenta de que ya no hay casa, solo memoria. Quienes fueron mis ancestros habitan ahora el…
