Ordinalidad. ¿Quién da la vez?

O de cómo complicar lo sencillo. Porque la ordinalidad no es más que la cualidad de aquello que es perteneciente o relativo al orden y expresa el lugar que ocupa una determinada unidad en una serie. En resumen, es la respuesta a la pregunta que hace usted al entrar en la carnicería: ¿Quién da la vez?

No parece complicado. Nunca lo fue. ¿Dónde está el problema entonces? ¿Por qué la vicepresidenta primera del Gobierno y candidata a presidir la Comunidad Autónoma de Andalucía se ha puesto a competir con José Mota para explicarnos el término con aspavientos, perífrasis y frases que se pierden en las rotondas?

Se lo cuento: está haciendo lo de siempre, tratar de confundir a la peña disfrazando de técnico lo que no tiene un pase: que ha aparecido un señor convicto —perdón, convencido— por el Palacio de la Moncloa y ha dicho que él quiere no sólo ponerse el primero en la cola, sino que elegirá el mejor marisco, dejará a deber los percebes y las angulas; los solomillos de la mejor calidad irán derechitos a su despensa.

A partir de ahí nos cuentan que la cola existe, sí, pero que hay filas con derechos históricos, escalafones asimétricos y turnos que, por razones superiores que sólo unos pocos comprenden, pueden adelantarse, elegir primero y, de paso, llevarse lo mejor del mostrador.

En este caso hacernos tragar el sapo se les ha puesto cuesta arriba. No contaban ella ni su mentor con que los españoles estamos hartos de procurarnos la carne o el pescado por riguroso orden de llegada, respetando el turno y a los que nos preceden, afeando a los que se lo saltan y guardando siempre una exquisita ordinalidad.

Eso que trata de describir con circunloquios como: «el modelo tiende a la ordinalidad intrínsecamente…», ya no cuela, señora mía, no cuela. Queda usted en evidencia mientras los disciplinados ciudadanos ven cómo el anaquel va quedando vacío y sólo pueden llevarse a su casa un par de arenques ahumados y algo de mortadela.

No tengo nada en contra del arenque, al revés, es suculento y rico en omega-3, pero sí creo que lo de ir un día con percebes a casa debe ser una opción a mi alcance de vez en cuando. Y no, no hablo de «café para todos», manido eufemismo de interpretación ambivalente, hablo de igualdad de derechos, deberes y acceso a los servicios públicos, con independencia del lugar en el que cada cual resida.

Tampoco creo que los que más tienen deban desprenderse de tanto como para que los que lo reciben terminen superándoles en riqueza. No es eso. ¿Qué incentivo habría para emprender, innovar o asumir riesgos si, una vez alcanzado cierto nivel de vida, el sistema se dedicara a penalizarlo hasta enviarnos de nuevo a la miseria?

Volviendo al colmado, nada tengo en contra de que alguien salga con caviar, champán francés y un capón trufado en la cesta de la compra siempre que eso no limite mi capacidad de comprar un buen queso y algo de vino decente para acompañarlo. Y, desde luego, siempre que no se me prohíba hacerlo únicamente para asegurar que el del capón podrá seguir comiendo Beluga sin que yo pueda siquiera olerlo.

Claro, que si tenemos en cuenta que la resiliencia debe protagonizar la agenda de transformación para la modernización y mejora de la gobernanza, en términos de sostenibilidad, alcanzaremos la innovación que proporcione cohesión a los territorios. Sólo con el diálogo lograremos las transformaciones necesarias que empoderen a los ciudadanos y les coloquen en la senda de progreso que reclama la mayoría…

¡Claro que sí, hombre! Y mientras discutimos, andamos distraídos de los problemas reales. ¿Quién da la vez?

Javier López-Escobar

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