Creyente, negacionista o escéptico

«Las virtudes de la ciencia son el escepticismo y la independencia de pensamiento». Walter Gilbert, Premio Nobel de Química.

El 29 de septiembre de 1898 nacía en Karlivka (Ucrania) Trofim Denísovich Lysenko. A los 23 años se graduó en la Escuela de Horticultura de Uman y, poco después, amplió su formación en ciencias agrícolas en el Instituto Agrícola de Kiev. Todo un hombre de ciencia en un régimen —el soviético— que buscaba fomentar un conocimiento alineado con sus ideales políticos colectivistas.

En ese caldo de cultivo, Lysenko comenzó a ganar notoriedad al defender la adaptación de los cultivos al clima ruso, incorporando la noción de «herencia adquirida», piedra angular de su doctrina. Una idea brillante por su capacidad para compatibilizar ciencia y relato político dominante.

Su revolucionaria propuesta caló hondamente entre periodistas, funcionarios soviéticos y campesinos. Rápidamente, la URSS reorganizó buena parte de su agronomía bajo esos postulados, mientras las voces escépticas eran silenciadas y perseguidas hasta la cárcel o la muerte.

Pero la cosa no fue como cabía prever. No tanto porque aquellas teorías estuvieran equivocadas —algo común en la historia de la ciencia—, sino porque se blindaron frente a la crítica. El resultado: escasez, pérdidas de cosechas y hambrunas generalizadas. Sobrevino el Holodomor, «muerte por hambre» en ucraniano, bien retratado en la película Mr. Jones (2019), que narra la historia real del periodista galés Gareth Jones y sus andanzas por esa tierra famélica. Lysenko falleció en Moscú en 1976 sin abdicar de su fe en una ciencia sin método, protegida por el poder.

Cuando el método científico deja de ser un proceso abierto de contraste y pasa a funcionar como dogma de autoridad incuestionable, algo esencial se pierde por el camino. En la España actual, afortunadamente, estamos muy lejos de las hambrunas generalizadas, pero no tanto del mal uso de la ciencia para justificar la acción política. El presidente del Gobierno recurre de forma sistemática a la «emergencia climática» como parche discursivo para legitimar decretos, campañas, promesas de gasto o señalar al enemigo.

Una cohorte de creyentes que jamás ha pisado un laboratorio, ni sabe explicar qué demonios es un intervalo de confianza o una revisión por pares, repite: «¡Lo dice la ciencia!», como si la ciencia fuese un oráculo infalible y no un método perfectible. El problema del devoto no es la confianza en la ciencia, sino la incomprensión de lo que significa. La ciencia no es un dogma: se equivoca, rectifica y vuelve a probar.

Por su parte, en el rincón opuesto del cuadrilátero político, otros púgiles califican el cambio climático de «estafa», «tomadura de pelo» o «religión climática» y rechazan cualquier medida que se proponga al respecto. No cuestionan con rigor; tampoco dudan ni argumentan. Su discurso se enreda en una retórica conspirativa, tan vacía como peligrosa; idéntica, en su estructura mental, a la fe ciega o a la ortodoxia de Lysenko.

Al final, todo es un juego de espejos: el escenario ideal para la polarización, donde todos comparten la misma alergia al matiz mientras —por pura conveniencia— alimentan las filas del contrario. En un extremo ven el deshielo de Groenlandia como una catástrofe apocalíptica; en el otro, como una oportunidad de negocio. Y, mientras tanto, ninguno mueve un dedo para atender las necesidades reales de la población.

Una mirada serena a la historia muestra, sin embargo, que la política y la sociedad han avanzado gracias a los escépticos. Quienes incomodaron a reyes, papas y presidentes no negaron: dudaron. No predicaron: exigieron método, datos y margen de error. Se hicieron preguntas y buscaron respuestas. No buscaron el Santo Grial, sino superar obstáculos reales a través de la discusión, en el sentido más noble de la palabra: escuchar, ponerse en la piel del otro y admitir que podemos estar equivocados.

¿Y usted? ¿Cómo se ve? ¿Creyente, negacionista o escéptico?

No me lo diga, déjeme con la duda…

Javier López-Escobar

Escéptico en prácticas en busca de la ataraxia

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