Nuevo curso

Vuelvo al espacio que generosamente me brinda Cedrus tras este caluroso y terrible verano, que se inició con una copa de oro y pronto quedó marcado por el fuego en el monte, en las viviendas y en las palabras de los más lenguaraces, prestos a sacudirse la responsabilidad señalando al culpable. Vuelvo con la imagen aún viva en mi retina y en mi alma de la tragedia ceutí y, tras el eclipse que nos volvió un poco locos, retomo mi costumbre de comentar este horno de certezas en el que se está convirtiendo el planeta y lo que nos queda. Dejaré cada semana que algunas ideas pasen de la cabeza a los píxeles de la pantalla, otrora negro sobre blanco, con la esperanza de poner algo de cordura en esta casa revuelta que habitamos.

Este es un lugar en el que puedo escribir de lo que me dé la gana, sin más límites que mi propia conciencia, educación y sentido común. No es que ande sobrado de ninguna de esas cosas, pero sí valoro que todo eso supone libertad. Dígame usted en cuántas cabeceras ocurre esto hoy en día. Y no solo en España: la falta de libertad se ha ido extendiendo como una mancha de aceite. En cualquier rincón del mundo que antaño presumía de libertades y democracia, comienza a cundir la impresión de que opinar no es gratis y que podemos perder algo más que el prestigio si dejamos que nuestros dedos tecleen sin recato.

Otra de las razones por las que escribo aquí es que el editor es amigo mío. Y ya se sabe lo que pasa con los amigos: uno tiende a atenderlos lo mejor posible, pero de ningún modo significa esto que esté de acuerdo con él o que comulgue con sus opiniones. Ese es otro de los motivos por los que sigo en este espacio: a él le da igual lo que yo piense y a mí no me importa lo que él opine, no como ocurre en las redacciones serias, en las que lo que antes era criterio ahora se llama «prudencia», y lo que era opinión se revisa como si fuera un informe jurídico. Por fortuna Cedrus no tiene aún algo que pudiéramos llamar «redacción».

Sencillamente, este es un medio humilde, sin línea editorial, donde convivimos sujetos variopintos en la sección de opinión. A algunos los conozco y los aprecio, y con otros no he tenido el placer de compartir más allá de un saludo; lo único que nos une es que divagamos libremente en un medio que no pone barreras, por el mero placer de hacerlo. Porque quien paga manda, pero quien no cobra puede desobedecer cuanto guste. Dentro del orden normal de las cosas, claro, que tampoco se trata de montar la revolución.

Aún no tengo claro sobre qué escribiré en este nuevo curso, que es como los docentes contamos el tiempo, porque, si miramos lejos, el mundo no parece haber recuperado la cordura, sino que está empeñado en ahondar en los vicios que nos han traído hasta aquí. Y volviendo los ojos al territorio propio, el panorama no mejora. Abundar una y otra vez en el mismo tema es un camino hacia el autoplagio que se parece más a predicar en el desierto que al sano debate entre pareceres diferentes.

Lo fundamental sigue olvidado y lo superficial e intrascendente llena los titulares y las conversaciones. Aún se escucha el eco de una frase de Mariano Rajoy que, en un país sensato y templado, no hubiera causado mucho más allá de algún arqueamiento cómplice de ceja… ¿Cómplice, ceja? ¿En qué estaré pensando? Lo que le decía: el ambiente le hace a uno volver a encallar en el mismo bancal sin encontrar viento que impulse la vela a nuevos horizontes.

¿Tendrá que ser así? A lo mejor hay que volver a la rebeldía juvenil y responder «no» a esa pregunta. Quizá sea hora ya de abandonar la autodefensa para alzar la voz. ¿Se anima? Si quiere hacerlo a través de este medio, no dude en decírmelo; tengo mano con el jefe y seguro que le hace un hueco. Lo he vuelto a hacer: he caído en la trampa. Eso de colocar a los amigos es el abecé de nuestra política patria. Perdone, no lo haré más.

Este nuevo curso nos veremos cada jueves, si Dios quiere… y si el mundo me deja algún resquicio para comentarlo sin repetirme ni arrepentirme.

Javier López-Escobar

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