¿Puede estar todo el mundo equivocado menos tú?

El instinto gregario nos grita que no. Que, si todos miran al cielo, algo habrá. Que la suma es el refugio de la cordura. Que la mayoría es el fundamento de la democracia. Sin embargo, la historia es un cementerio de certezas colectivas que resultaron ser delirios. A menudo, sociedades enteras no solo se equivocan, sino que marchan alegres hacia el abismo, víctimas del pensamiento de grupo: el momento en que una mentira se vuelve verdad a fuerza de repetirse.

En 1637, en los Países Bajos, se produjo la mayor burbuja especulativa de la historia. La madre de todas las ilusiones colectivas. En la Holanda del Siglo de Oro, la población —no solo los ricos, sino albañiles, carpinteros, agricultores y tejedores— se convenció de que los bulbos de tulipán subirían de precio de forma segura e infinita. La gente vendía sus casas y tierras para comprar un solo bulbo de la variedad Semper Augustus. Un buen día, en una subasta de bulbos en Haarlem, nadie pujó. La fe colectiva se evaporó y el mercado colapsó, dejando a miles de ciudadanos hundidos en la ruina.

El miedo es aún mejor pegamento que la codicia. Durante los siglos XV-XVII se dio en Europa la conocida caza de brujas. Eran tiempos duros, de inviernos largos y fríos, malas cosechas, hambruna y enfermedad. Las comunidades rurales se convencieron de que la desgracia no era natural, sino causada por la malicia de algunos vecinos. A la menor duda señalaban a la partera, a la viuda o al mendigo. Y una acusación en un pueblo desataba el terror en el siguiente. Pronto las autoridades convirtieron el pánico en ley, el marco perfecto para canalizar un miedo que desembocó en decenas de miles de ejecuciones «lícitas» de inocentes.

Y más cerca en el tiempo, hacia 1932, el pueblo alemán, golpeado por la Gran Depresión y humillado por el Tratado de Versalles, buscó un salvador. Creyeron que un hombre fuerte que prometía soluciones simples restauraría el orgullo nacional sin coste real. Millones votaron por la retórica del odio, entregando las llaves de su destino a Adolf Hitler.

Hay un viejo grafiti, soez pero brillante, que resume esta tragedia: «Coma mierda, millones de moscas no pueden estar equivocadas». La frase es brutal porque desmonta una extendida falacia: la realidad no se vota.

El asunto es si es usted una mosca o no. Y aquí es donde duele mirar al presente. Hoy creemos estar vacunados contra la locura de los tulipanes, pero basta echar un vistazo a la política actual para ver que el mecanismo sigue intacto. Solo hemos sustituido la superstición por el argumentario de partido.

Vemos a ciudadanos inteligentes apagar su cerebro crítico en cuanto suena el silbato de «los suyos». Se defiende lo indefendible y se tragan sapos indigeribles simplemente porque son «nuestros sapos». Si el líder cambia de opinión el lunes por la mañana, la masa vira esa misma tarde, con la misma fe ciega con la que los holandeses compraban flores. Discrepar del rebaño se castiga con la expulsión civil.

Decía Bertrand Russell que nunca moriría por sus creencias porque bien podría estar equivocado. Quizás esa sea la única defensa. Puede que llegados a este párrafo crea usted que nunca compraría tulipanes ni votaría a tiranos criminales. Pero ese es un error peligroso. La locura colectiva es invisible para quien está dentro de ella.

Mire a su alrededor. Si nota que todos asienten con la cabeza al mismo tiempo, si ve que hay una opinión unánime que no admite matices y se siente tentado a abrazarla para no desentonar… párese un momento. Recuerde los tulipanes, acuérdese de las brujas, visualice los campos de concentración y manténgase firme. A veces, conducir en sentido contrario es el único camino correcto.

Javier López-Escobar

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