Benjamin Shapiro es un fenómeno de precocidad y rigor intelectual, no exento de polémica, que conviene no perder de vista: el recordatorio de que una formación académica de élite —summa cum laude en UCLA y Harvard antes de cumplir los 24 años— puede constituir el cimiento de una obra prolífica y una dialéctica eficaz. En su libro «El lado correcto de la historia», Shapiro rescata una obviedad hoy casi revolucionaria: que el éxito de Occidente no es un accidente, sino el resultado histórico de una doble herencia, la de la Jerusalén judeocristiana y la de la Atenas racionalista. Su tesis es clara: el ser humano nace con la capacidad de razonar y de dotar de sentido moral a su existencia.
En España, sin embargo, la expresión «el lado correcto de la historia» ha sido degradada hasta convertirse en consigna hueca. Se invoca como quien exhibe un salvoconducto moral, no como quien sostiene un argumento. El problema no es que se use políticamente —eso es inevitable—, sino que se haga sin ningún anclaje intelectual reconocible: la fórmula sirve para clausurar debates, no para abrirlos.
Cuando la vicepresidenta segunda recita el mantra, lo hace desde una vacuidad prístina y transparente. Uno sospecha que no ha leído a Shapiro ni a nadie que se le parezca; y que, de hacerlo, activaría de inmediato el catecismo de etiquetas al uso: «fascista», «trumpista» o cualquier otro comodín del progresismo automático. Tampoco el presidente parece especialmente interesado en las genealogías intelectuales de los eslóganes que emplea, aunque sus fieles se deshagan en elogios de devoción cuasi litúrgica. La política convertida en plató, el aplauso coreografiado, la escenografía del poder sustituyendo al debate de ideas: este es el decorado. Hasta aquí la caricatura; volvamos a lo sustantivo.
Lo sustantivo es que el «lado correcto de la historia» no es un lugar al que uno se sube por decreto ni una superioridad moral autoproclamada. Es, en el mejor de los casos, el resultado frágil de una tradición que ha defendido la responsabilidad individual frente a la disolución del sujeto en el colectivo. Por eso la cita de Viktor Frankl, superviviente de cuatro campos de concentración, Theresienstadt, Kaufering, Turkheim y Auschwitz, que recupera Shapiro resulta pertinente:
«Cada día y cada hora tenías la oportunidad de elegir si te rendías o no ante los poderes que intentaban arrebatarte tu propio yo, tu libertad interior. De tu elección dependía el que fueras, o no, un juguete de las circunstancias que renunciaba a la libertad y a la dignidad para convertirse en un mero recluso más».
No somos agregados de células moldeables a conveniencia del relato dominante ni masas estadísticas al servicio del barómetro demoscópico del CIS. Somos individuos con dignidad propia. Y una democracia madura no se construye sobre la demonización del adversario ni sobre el fetichismo del eslogan, sino sobre instituciones sólidas, reglas previsibles y una cultura política que entienda la centralidad no como tibieza, sino como madurez.
Debemos reaccionar y, en las próximas elecciones, abrir paso a una opción moderada que muestre algo de discernimiento democrático; una alternativa que entienda que el respeto a las instituciones y la centralidad son las mejores herramientas para recuperar el rumbo y la cordura. Que edifique puentes y derribe muros. Que arregle carreteras, carriles ferroviarios y presas y no erija excusas. Debemos conceder una oportunidad a la política que construye, a esa que ofrece certidumbre frente al caos y que está lista para devolver la dignidad a la gestión pública. Que busque soluciones y no culpables. La verdadera alternativa no es el revanchismo, sino la moderación y el sentido común. Así, seguro que al fin sí estaremos en el lado correcto de la historia.
Javier López-Escobar
