El espejo del mandato eterno. Ficción política

Frente al espejo, con la mirada perdida, dejando que su mente vagara por los rincones del cerebro al azar –la mejor manera de encontrar respuestas a las preguntas importantes–, una idea brillante estalló entre sus neuronas:

¡Eureka! Si he demostrado que se puede gobernar sin ganar las elecciones, sin Presupuestos Generales y sin necesidad de que las Cortes validen los decretos; si he logrado poner zorros al cuidado de las gallinas bajo el palio del desmentido… ¿no será también posible seguir adelante sin sacar las urnas nunca más?

¡Eso es! Ocho años más para completar mi tarea. ¿Qué tarea? –preguntará usted–. ¡La de rascarme la rabadilla mientras tu jeta se marea, no te j…!

¿Para qué más sufragios? La gente está harta, se aburre, especialmente los míos, que prefieren mantener las posaderas en el sofá. Yo ya sé lo que quieren sin preguntarles. Seguro que me lo agradecen. Convocar comicios en momentos de polarización –me pregunto de dónde saldrá tanta polarización– o de crisis económica atenta contra la paz social y la justicia material.

Votar cada cuatro años es un formalismo secundario que destruye el espíritu del artículo 1 de la Carta Magna. Si las Cortes vigentes ya representan la soberanía nacional, tal como dice el artículo 66, disolverlas por el simple paso del tiempo es un ataque a esa misma soberanía. El mandato de la cámara no es temporal: es «completar la tarea», no autodestruirse por culpa de un capricho del calendario.

Además, si la Constitución permite prorrogar las cuentas del Estado para evitar el caos, por pura lógica jurídica se impone la «Prórroga Constitucional del Ejecutivo». El Gobierno se prorroga automáticamente para garantizar los servicios públicos. Un proceso electoral paraliza el país, cuesta millones y rompe la eficacia de la gestión pública. Suspender las elecciones no es antidemocrático; es cumplir con la exigencia constitucional de eficiencia y austeridad.

¡Decidido! No habrá más papeletas, al menos mientras yo sea imprescindible. ¿Quién puede discutir mi imprescindibilidad para hacer precisamente lo que me dé la gana? Con quemar a unos cuantos ministros en las votaciones autonómicas para entretener a los barones es suficiente. España no necesita ahora más distracciones. ¿No ven que hay una guerra? ¿Qué guerra? ¡La de tapar mis vergüenzas mientras el barrio entero me abuchea!

Que abucheen, que griten, que rabien. Allá ellos. El ruido de la calle no llega al palacio. ¿Qué mérito tiene meter un papelito en una caja de metacrilato cada mil cuatrocientos sesenta días? La democracia soy yo. Yo soy el faro que guía a esta nación descabalada, el timonel que aguanta la tormenta mientras el pasaje, desagradecido y miope, se empeña en mirar el mapa. ¿Para qué quieren un mapa si ya me tienen a mí?

Gobernar es un arte que la derecha extrema y la extrema derecha nunca alcanzarán a comprender. Ellos se quedan en la superficie, en la literalidad de los textos, en el fetiche de las urnas, en la tontería de la gestión. ¡Qué vulgaridad! Lo moderno, lo verdaderamente progresista, es la resiliencia: mantenerse en el poder cueste lo que cueste, aunque pague otro.

Seguiré aquí, frente a mi reflejo, puliendo el relato de mi inmortalidad política. España bien vale un mandato eterno. Y al que no le guste, que se mude de país o que se vaya a pasar el berrinche al otro lado de la sierra de Guadarrama. La historia ya me ha absuelto. O mejor dicho… ya me he absuelto yo mismo.

(Pensó, mientras lanzaba un beso al espejo con los labios fruncidos.)

Javier López-Escobar

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