Hoy pretendo unirme a las filas del más rancio cuñadismo; me enrolaré en las huestes de esos expertos que, sin haber publicado una línea en la literatura científica y siendo perfectos desconocidos en los medios académicos, poseen siempre la explicación definitiva para cualquier suceso. Me alisto en el ejército de quienes han dado en el clavo sin admitir ni la más tenue sombra de revisión por pares.
Alejado de los anales del saber, me erijo en faro del intelecto y emprendo la búsqueda de la piedra angular que deshaga el nudo gordiano en el que esta sociedad anda enredada. Esta es la crónica de mis descubrimientos, hallazgos y avances en la investigación por libre de la verdad. Quod erat demonstrandum.
El lector avisado habrá reparado en que, en el título que precede a esta pequeña digresión, he escrito «religión» en minúscula. Cierto, no pretendo (aún) explorar las profundidades de la Teología, sino que mi intención es pasear mi ignorancia por el terreno de la Sociología, convencido de que no hay nadie más adecuado para pontificar sobre algo que quien lo ignora todo del asunto. Queda usted advertido.
En fin, que me pierdo en explicaciones innecesarias y le estoy privando de mi más honda incompetencia. Para explicar la diferencia entre Religión y religión, permítame comenzar citando a Chesterton en El oráculo del perro: «El primer efecto de no creer en Dios es que uno pierde el sentido común». Y tenía razón: al abandonar la Religión, la lógica no se libera, sino que naufraga; la fe no desaparece, sino que se disfraza.
Las nuevas creencias no sólo no reconfortan el alma ni cohesionan a la sociedad, sino que tienden a dividir a los creyentes y a enfrentarlos en los más curiosos contrasentidos. Así, los feministas convencidos se enervan contra los defensores de la mujer; los heraldos del cambio climático arremeten contra los mensajeros del clima cambiante; y los conversos a la superioridad moral de la izquierda bufan contra los viejos socialistas favorables al diálogo.
¡Ah! Dice usted que son lo mismo. ¿No ve la diferencia entre feministas y defensores de la mujer? ¿Se le ha escapado el matiz que distingue a los heraldos del cambio climático de los mensajeros del clima cambiante? Lo entiendo, pero seguro que lo de la izquierda lo ha captado al vuelo. Es normal, lo del cambio climático es reciente, pero la tendencia de las izquierdas a fragmentarse es histórica.
La Primera Internacional marcó la primera división global entre marxistas y bakuninistas. La Revolución Rusa y la creación de la III Internacional trajeron la partición entre socialdemócratas y comunistas.
En la España prebélica, el llamado bando republicano fue un microcosmos de desunión y enfrentamientos violentos entre facciones diametralmente opuestas con credos supuestamente idénticos. A partir de la Transición, la izquierda reapareció en forma de un PSOE federal, el PCE y un sinfín de formaciones en el extrarradio de la izquierda, formando un universo colorido y cambiante, con numerosos clanes desavenidos que aún hoy andan en busca de nuevas siglas y creyentes.
Eso sí, todos ellos están en posesión de la verdad, saben muy bien lo que hay que hacer y encuentran explicación a cada uno de los males que afectan a la sociedad sin admitir ni un ápice de duda, hasta que llegue el siguiente fracaso en las urnas, tras el que buscarán reunificarse y ponerse de acuerdo en señalar a un enemigo distinto al que culpar de su propio descalabro.
Mientras, los ciudadanos dejamos pasar el tiempo alimentando a una cohorte cada vez más numerosa de paniaguados que ofrecen soluciones inútiles a problemas inexistentes; renunciamos a prestar atención a lo que realmente nos sucede, con esa pereza que da el pensar por nosotros mismos y que nos hace abandonarnos en manos de esa banda de desaprensivos que algunos llaman líderes.
Así nos va. Apóstatas por vocación y sin religión que nos salve, seguimos votando a quien nos promete no pensar demasiado. Mea culpa, nostra culpa.
Javier López-Escobar
