Como lema no está mal, ¿verdad? Seguro que lo ha oído muchas veces de boca de no pocos líderes relevantes. Ante una sentencia semejante caben pocas conjeturas: solo podemos posicionarnos en el lado correcto y dejarnos llevar. Si discrepa, niega. Si niega, es negacionista. Y si es negacionista, mata. Así de simple. Y usted no quiere matar, ¿cierto? Yo tampoco, ¡faltaría más!
Profundicemos un poco más: ¿de qué negacionismo hablamos? Porque no es lo mismo negar que la Tierra sea redonda que manifestarse contra la existencia evidente de un problema. Desde 2020, cada año, sin que la cifra baje, entre 44 y 58 mujeres mueren a manos de sus parejas o exparejas; criminales que consuman sus actos mientras algunos sostienen que «la violencia de género no existe, la violencia machista no existe». Pero ¿realmente es ese el único uso que se le da a la consigna, o se ha convertido en una coartada frente a la negligencia?
Veamos algunos hechos recientes:
Un 26 de febrero de 2020, el mensaje oficial ante la inminente crisis sanitaria era concluyente: «No es una enfermedad con el grado de gravedad de otras que hemos conocido […]. El riesgo en España es moderado». A día de hoy seguimos sin conocer la cifra oficial definitiva de fallecidos durante la pandemia.
En otoño de 2024, tras años de debate en Valencia donde se argumentaba que «los diseños de canalización agresiva perjudicaban el entorno natural», varias riadas extraordinarias entre el 29 de octubre y el 4 de noviembre dejaron 220 víctimas mortales e incalculables daños materiales en la Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha y Andalucía. Algo similar ocurre con los grandes incendios forestales: mientras el foco del discurso se sitúa únicamente en la emergencia climática, se omite la evidente falta de actuaciones preventivas y de medios de extinción adecuados. La naturaleza no atiende al relato.
En 2025 se afirmaba institucionalmente que «el tren es un éxito de país» y que España ocupaba «el liderazgo mundial en movilidad urbana y alta velocidad». Poco después se producía el grave accidente de Adamuz, con 42 fallecidos y más de 120 heridos, seguido a los pocos días por el siniestro de Rodalies en Gelida, con un maquinista fallecido y 37 heridos.
En agosto de 2026, a raíz de un vídeo donde un conductor extranjero elogiaba la red viaria, un alto cargo gubernamental celebraba en redes sociales que «los de fuera valoran mejor lo que tenemos». Mientras tanto, la estadística oficial refleja que el pavimento en mal estado figura como factor presente en entre 800 y 900 accidentes con víctimas cada año en vías interurbanas.
Y en materia migratoria, la respuesta reiterada ante episodios críticos como los de Ceuta es que «no se podía prever en ningún caso una entrada masiva de estas nicaracterísticas». Mientras se niega la evidencia y se traslada la culpa al discurso ajeno, se omite cualquier refuerzo en las fronteras y se desatiende sobre el terreno tanto a los efectivos de seguridad desplazados como a quienes quedaron desamparados en las playas o muertos en el mar.
Si observamos el fenómeno con perspectiva, la evidencia demuestra una utilización casi exclusiva de esta fórmula en el discurso gubernamental y de la izquierda, reduciendo cualquier discrepancia técnica a un estigma moral. En la bancada contraria apenas constan réplicas con la misma retórica, salvo excepciones puntuales como la muy juiciosa, a mi modo de ver, de Jaime de los Santos en 2024: «No tengo dudas de que el cambio climático mata, pero también lo hacen la falta de infraestructuras hídricas y la falta de limpieza de los ríos».
Nos repiten que el negacionismo mata para eludir una verdad elemental: advertir está bien, pero el deber prioritario de quien gobierna es prevenir, socorrer y reparar. Y cuando el poder prefiere hacer propaganda, culpabilizar a la sociedad y abandonar la gestión de los recursos públicos, lo que verdaderamente mata es el abandono y el omisionismo.
Señores del Gobierno, repitan conmigo: el negacionismo mata.
Javier López Escobar
