En 1665 Londres estaba sumida en la miseria. La Gran Peste se había llevado a casi una cuarta parte de sus habitantes, el país estaba en guerra con Holanda y el comercio exhausto. Un año después, una chispa en una panadería de Pudding Lane desató un incendio que en apenas cuatro días destruyó más del 80 % de la ciudad amurallada, dejó sin hogar a unas 70.000 personas y redujo a cenizas unas 13.000 casas, 87 iglesias, cientos de negocios y la catedral de San Pablo. Los presagios eran de ruina, hambruna y desesperación. Parecía el fin del mundo conocido.
Sin embargo, todo resorte encierra una lección de física: cuanto más se comprime, más energía acumula, y solo cuando se libera la devuelve convertida en impulso. Londres no cayó en un pozo sin fondo; fue comprimida hasta el límite, y lo que vino después fue una liberación.
El fuego devoró los barrios de madera y, con ellos, buena parte de los rincones donde prosperaban ratas y pulgas, lo que contribuyó a dejar atrás las condiciones que habían favorecido la epidemia. Los londinenses, lejos de rendirse, optaron por el ladrillo y la piedra, y una nueva ley de reconstrucción impuso calles más anchas, fachadas a prueba de fuego y el fin de los aleros que casi se tocaban de una acera a otra. Un tribunal especial, el Fire Court, resolvió en pocos meses los pleitos entre propietarios e inquilinos para que nada frenara la reconstrucción. Christopher Wren levantó una nueva San Pablo, cuya cúpula aún preside el horizonte, y medio centenar de iglesias más.
De la necesidad nacieron negocios hoy corrientes, hasta obligatorios: las primeras compañías de seguros contra incendios del mundo y, con el tiempo, las primeras brigadas de bomberos organizadas, pagadas por los propios aseguradores, germen de un sector que aún hoy es referente global. Londres resurgió de la catástrofe como una capital más segura, más limpia y más próspera.
España, salvando las distancias, atraviesa en el presente su particular momento de compresión. Desde 2018 hemos ido acumulando problemas como quien aprieta un resorte sin preguntarse cuánto aguantará: la vivienda se aleja de jóvenes y mayores, los sueldos no alcanzan, la confianza en las instituciones se desgasta y el debate público se ha convertido en un flamígero combate para aniquilar al adversario sin ofrecer nada a cambio.
La corrupción se extiende, los presupuestos nunca llegan, las catástrofes se suceden poniendo a prueba infraestructuras que languidecen, las libertades se resienten y el frentismo avanza inexorable creando muros entre vecinos, amigos y familias. Cunde el desánimo y muchos temen una caída sin retorno. Mirar el panorama desde el sofá es cómodo, pero es también el primer paso para quedarnos quietos y acabar hundiéndonos.
Con todo, este instante, igual que en Londres, puede ser el comienzo de algo mejor. La energía acumulada –el hartazgo, la exigencia, las ganas de que las cosas funcionen– puede transformar España en una nación más sólida, más transparente y más justa: en lo económico, lo social, lo institucional y lo cotidiano.
La herramienta para liberar esa fuerza está en nuestras manos: el voto. Pero no cualquier voto. No es lo mismo votar a favor de un proyecto que votar contra alguien; mirar hacia delante que conducir pendientes del retrovisor; exigir cuentas por lo gestionado que dejarse arrastrar por el odio al rival. El voto verdaderamente útil no debería ser el que más daña al adversario, sino el que mejor sirve para empujar al país hacia la sensatez: el que pide cuentas a quien gobierna por sus resultados tangibles y examina a quien aspira a gobernar por la solvencia de sus propuestas. Un voto que no se deje atrapar por las trincheras ni por el rencor, sino por la determinación de construir.
Una papeleta no lo arregla todo, pero es la forma más directa y democrática de encauzar toda esa energía y usarla para lanzarnos al futuro. En 1666, en Londres, nadie sabía que una ciudad en llamas era en realidad un resorte comprimido, a punto de impulsar a Inglaterra hacia la modernidad. Hoy nos toca decidir cómo soltar el nuestro. Como el de Pudding Lane, estamos comprimidos, no vencidos.
Javier López-Escobar
