–Deje de reírse, hombre, señor Trump! Hablo en serio: sí, los hombres tienen dignidad.
–¿Y las mujeres? No me sea impertinente; «hombres» es neutro, incluye a varones y hembras, no hay diferencia y usted lo sabe. Otra cosa es que le importe un pimiento.
Ahí terminó nuestra breve discusión. Escribo estas líneas desde Guantánamo, vestido con un elegante mono naranja y disfrutando de una agradable humedad que me encrespa el cabello. El régimen de comidas es sano; he conseguido algo que venía necesitando hace tiempo, perder peso, y eso es muy beneficioso para mi salud. Por otra parte, el estrecho contacto con la naturaleza, a pesar de las rejas, está renovando mi sangre, que comparto generosamente con los mosquitos.
En algún punto de la historia, el antiguo ideal liberal de que todos los seres humanos tenían igual dignidad –al menos en teoría– se ha desdibujado hasta el límite. En el nuevo mundo posliberal la capacidad de influir en el futuro colectivo mediante la suma de posiciones particulares ha desaparecido. El individuo no importa. Primero fue sustituido poco a poco por el colectivo. Lo de un hombre, un voto se convirtió en una ideología: una mayoría. La uniformidad ha eliminado el debate y las diferencias se dirimen con violencia.
Un pequeño número de actores poderosos ha decidido que el destino del globo depende de ellos y que lo que opine el resto no importa. A preguntas sobre la compatibilidad de la captura de Nicolás Maduro con el derecho internacional, el presidente Trump respondió: «Sí, hay una cosa. Mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme. […] Yo no necesito del derecho internacional».
La política mundial se dirime en una mesa de póker, tras el reparto de cartas, seguido de apuestas, faroles y bravuconadas, todo se reduce al poder de los ganadores frente a los perdedores. Moscú, Beijing y Washington elevan las apuestas. Reparten naipes, mientras otros les sirven licores o aperitivos, con la esperanza de que el ganador les ofrezca una propineja. Usted y yo no estamos invitados a la partida, no tenemos bazas que jugar en ese universo en el que solo importan las apuestas.
Nada de lo que hasta ahora parecía protegernos, ninguna de las instituciones surgidas de la Segunda Guerra Mundial para resolver conflictos, funciona. La diplomacia se ha quedado obsoleta sin previo aviso y las relaciones internacionales discurren por cauces barriobajeros que usan los códigos clásicos de los gánsteres.
Mientras, la Unión Europea, vista con perspectiva, parece un hormiguero en el que todas las inquilinas han salido fuera y se mueven sin rumbo en una maraña caótica huyendo a ninguna parte de las perturbaciones que agitan el globo.
¿Y qué pasa con España? Cada vez más lejos de Washington o Moscú, coqueteando a ratos con Beijing según soplen los vientos y los balances comerciales. Aquí no se decide el orden internacional, pero no por modestos dejamos de tener asuntos importantes entre manos: cómo convivir sin matarnos.
Chesterton escribió que «el verdadero soldado no lucha porque odie lo que tiene delante, sino porque ama lo que deja atrás». Tal vez no tengamos cartas en la partida global, pero todavía tenemos algo que hacer sin necesidad de épica: votar, discutir, protestar y quejarnos de todo. Discrepar, desconfiar del poder, poner los dogmas en cuarentena y no delegar el criterio propio.
Mientras eso siga siendo posible, el respeto a la dignidad humana seguirá siendo una práctica cotidiana, incómoda y frágil, sí, pero bastante más llevadera que la rutina en Guantánamo, con su humedad tropical, sus mosquitos y los turnos de rancho carcelario.
Javier López-Escobar
