Hay momentos en la vida política de una ciudad en los que se ve con bastante claridad no solo qué hace un gobierno, sino cómo es en realidad. El debate de los presupuestos municipales es uno de esos momentos: no va solo de números, partidas o inversiones; habla de liderazgo, de capacidad de acuerdo y, al final, de qué proyecto de ciudad se quiere sacar adelante.
Lo que está ocurriendo en el Ayuntamiento de Segovia en estos últimos meses no es un roce puntual ni una discrepancia más. Es la confirmación de una forma de gobernar que ha acabado en parálisis, confrontación y falta de rumbo. Y lo preocupante es que, en vez de corregirse, esta dinámica se ha asentado con el tiempo.
En lugar de asumir responsabilidades, el alcalde ha preferido sustituir la gestión por la descalificación. Expresiones como “banda del no”, o las alusiones a la “piel fina” y a la “boca suelta”, no son un calentón aislado: retratan un estilo político que ha dejado a un lado el diálogo y se ha abrazado al enfrentamiento como manera de funcionar. Pero gobernar una ciudad no va de poner etiquetas ni de buscar enemigos, va de resolver problemas.
Y ahí está el fondo de la cuestión, lo que debería inquietar hoy a cualquier segoviano: Segovia necesita gestión, no bronca permanente.
Además, el punto de partida no era precisamente débil. El actual equipo de gobierno no nació con una mayoría precaria que le atara las manos; al contrario, tenía una mayoría suficiente para dar estabilidad al Ayuntamiento, sacar adelante presupuestos y desarrollar una acción de gobierno consistente. Ha sido ese propio gobierno quien ha ido desgastando esa mayoría, rompiendo acuerdos, perdiendo confianza y renunciando a una estrategia seria de diálogo.
Cuando un gobierno rompe sus compromisos, no solo pierde apoyos. Pierde credibilidad, y sin credibilidad es muy difícil gobernar.
Las consecuencias están a la vista: dos intentos fallidos de aprobar los presupuestos municipales, un clima de bloqueo cada vez más evidente y una ciudad que observa cómo los debates políticos se alejan de sus preocupaciones diarias.
Conviene detenerse un momento en esto. Que las cuentas municipales hayan sido rechazadas dos veces no es una simple anécdota ni una maniobra de tacticismo político de la oposición. Es un síntoma de fondo: un gobierno que no está siendo capaz de articular propuestas pegadas a las prioridades reales de la ciudad, que escuchen a los barrios y que sean capaces de sumar apoyos.
Culpar a la oposición puede resultar cómodo, pero ni es riguroso ni ayuda a mover nada. La oposición ejerce su papel cuando fiscaliza, cuando hace propuestas y también cuando, si lo ve necesario, dice que no. Decir “no” a proyectos improvisados, caprichosos, alejados de las necesidades de la gente o centrados en prioridades equivocadas no es bloquear Segovia; es defenderla.
El problema no es que exista una oposición crítica. El problema es tener un gobierno que no sabe gestionar esa crítica ni convertirla en acuerdos. Mientras el alcalde Mazarías dedica su energía a la batalla del relato, los problemas de Segovia siguen exactamente donde estaban.
La ciudad necesita liderazgo para gestionar los fondos europeos, una oportunidad histórica que no se puede perder por falta de rumbo político. Necesita acelerar la ejecución de proyectos comprometidos, evitar retrasos que terminan pagando los ciudadanos. Y necesita abordar con seriedad cuestiones complejas, como la situación de la policía local, que exigen planificación, diálogo y capacidad de gestión.
Nada de esto se soluciona desde la bronca. Nada mejora a base de descalificar al que piensa distinto. Para que Segovia avance hace falta un gobierno decidido a gestionar, no a enredarse cada día en una pelea distinta.
Hay, además, un factor que a veces se pasa por alto: el tiempo perdido. La política municipal tiene su propio ritmo, que es el de la ciudad. Cada mes gastado en debates estériles, en declaraciones cruzadas o en estrategias de confrontación es un mes que Segovia deja pasar sin avanzar. Y esa responsabilidad recae en quien tiene el mandato de gobernar.
En este contexto, es inevitable mirar atrás. Segovia ya conoció una etapa de inestabilidad institucional durante el mandato del Partido Popular en coalición con el CDS entre 1999 y 2003: tensiones internas, falta de dirección política y una sensación constante de ausencia de proyecto. Más de dos décadas después, el parecido con la situación actual no es casualidad: responde a un patrón que se repite cuando la derecha gobierna la ciudad sin un proyecto claro.
El resultado es muy similar: inestabilidad, conflictos internos, falta de liderazgo y una ciudad que crece por debajo de lo que podría.
Lo volvemos a ver ahora: un gobierno que empezó con mayoría suficiente y la ha ido dinamitando; un alcalde que, en vez de liderar, se refugia en la confrontación; un Ayuntamiento sin presupuestos ni rumbo y una lista de problemas que se van acumulando.
Ante este panorama, la exigencia no es ideológica ni partidista. Es una exigencia básica de responsabilidad institucional. Segovia necesita un alcalde que gobierne, que asuma su papel, que recupere el diálogo y que se centre en los problemas concretos de la ciudad. Hace falta un cambio de actitud: menos descalificación, menos confrontación gratuita, menos tiempo perdido. La ciudad necesita más gestión, más liderazgo y más soluciones, porque la política municipal no está para alimentar el relato de cada día, sino para mejorar la vida de la gente.
Hoy, en Segovia, la sensación es que ese objetivo se ha desdibujado. Recuperarlo no es un lujo, es una urgencia. La ciudad no puede permitirse seguir atrapada en el ruido mientras sus problemas se acumulan en la mesa sin respuesta.
En realidad, todo esto es más sencillo de lo que a veces se intenta presentar. No va de quién gana un titular ni de quién impone su relato en el debate político. Va de algo bastante más básico: de gobernar o no gobernar.
Y hoy, en Segovia, muchos vecinos tienen la sensación de que quien debería estar gobernando se ha instalado en otra cosa: en la confrontación permanente, en la descalificación, en un ruido constante que no arregla nada y que solo consigue que el tiempo pase sin que la ciudad avance.
Mientras tanto, los problemas siguen ahí. No desaparecen, se acumulan. Esperan decisiones, esperan liderazgo, esperan que alguien los afronte con seriedad. Eso es exactamente lo que se echa en falta. Porque Segovia no necesita un alcalde a la defensiva ni un dirigente en guerra continua con la oposición. Necesita un alcalde al frente, que asuma su responsabilidad y entienda que gobernar no es señalar con el dedo, sino resolver. Que comprenda que el tiempo de la política municipal es el tiempo de la ciudad, y que perderlo tiene consecuencias reales.
Por eso la pregunta ya no es qué va a decir mañana el alcalde ni a quién va a culpar. La pregunta de fondo es otra, mucho más sencilla y más importante: ¿cuándo va a empezar a gobernar de verdad? Porque Segovia no puede seguir esperando. Esta ciudad, que siempre ha sabido avanzar cuando ha tenido dirección política clara, merece algo más que este desgaste permanente. Merece un gobierno a la altura del momento. Y, hoy por hoy, esa altura no se ve.
Clara Martín
