A la hora de escribir estas líneas, cuatro personas están en cuarentena, velando las escafandras que usarán en su viaje de ida y vuelta a la órbita lunar. Se trata del primer paso de la NASA en su retorno a la exploración espacial tras el abandono del programa de transbordadores espaciales en 2011. Esta es una nueva misión concebida para probar si estamos en condiciones de ir más allá de la órbita baja y volver algún día a establecer presencia humana duradera fuera de la Tierra. Confío en que, cuando usted lea esto, los cuatro viajeros hayan regresado sanos y salvos tras una singladura exitosa.
La misión se llama «Artemis», Artemisa para nosotros, diosa griega de la luna, las mujeres jóvenes y los partos. La coincidencia mitológica ha hecho las delicias de más de un redactor, porque buena parte de la cobertura subraya que entre los tripulantes viaja una mujer. Artemisa era hermana gemela de Apolo, nombre que llevaban las primeras misiones que concluyeron con aquel «pequeño paso para el hombre y gran paso para la humanidad», frase que pronunció Neil Armstrong al pisar por primera vez el polvo de Selene el 20 de julio de 1969. La NASA sigue teniendo la elegancia de bautizar sus proyectos modernos con nombres antiguos, para recordarnos que el porvenir necesita raíces. No es mala idea, viendo el gusto contemporáneo por la ocurrencia, la improvisación y el eslogan.
Estos días los medios destacan como extraordinario que nunca nadie había viajado tan lejos en el espacio como lo van a hacer ahora; ponen el acento en que en este viaje se embarcan la primera mujer y el primer afroamericano. Sí, ya sé, es un guiño al feminismo y un canto a la igualdad sin distinción de raza, pero tengo la sensación de que seguimos enredados en lo accesorio sin avanzar en lo sustancial. Ya sería tiempo de que una noticia como esta nos mantuviera expectantes ante el logro técnico, los avances científicos y el progreso que su realización entraña: validar sistemas críticos de supervivencia, soporte vital, propulsión, control manual, comunicaciones y reentrada. Comprobar si el programa sirve realmente para sostener presencia humana más allá de la órbita baja y preparar una infraestructura lunar duradera con vistas a viajar a Marte y no solo presentar una ceremonia de relaciones públicas con cohete.
Nuestra época ha perfeccionado un mecanismo de evasión muy eficaz: ante lo inmenso, se aferra a lo anecdótico; ante lo complejo, se refugia en lo vistoso; ante lo grave, organiza una liturgia. Nos ocupamos del lazo y no del paquete, de la manicura del dedo y no de la luna llena. Pasó con la pandemia. Durante meses vivimos entre aplausos, ruedas de prensa, comparecencias solemnes, pedagogía de emergencia y una riada sentimental de testimonios, balcones y lágrimas de parte. Todo aquello tenía su lógica, e incluso su humanidad. Lo que ya no está tan claro es que, terminada la función, hayamos aprendido lo necesario para enfrentarnos a la siguiente catástrofe.
Pasa también con la violencia contra las mujeres. Según las cifras oficiales del CGPJ, 49 mujeres fueron asesinadas en España en 2025; el 80% convivía con su agresor; casi el 90% de los crímenes ocurrió en el domicilio; solo 11 habían denunciado previamente y solo 4 tenían una medida de alejamiento en vigor. Son datos lo bastante duros como para imponer un mínimo de seriedad. Y, sin embargo, seguimos respondiendo a menudo con el repertorio de siempre: minutos de silencio, pancartas, campañas de color reglamentario y bronca partidista de patio de colegio sin avanzar un metro en la solución.
«No a la guerra», a la guerra le ponemos un lema; a la decadencia educativa, una campaña; al deterioro institucional, un argumentario; a la pobreza, una semana temática; a la soledad, un día mundial; al porvenir, un vídeo de presentación con música épica…
No afrontamos los problemas, sino que producimos su escenografía. Sabemos muchas cosas, o creemos saberlas, pero hemos dejado de distinguir entre lo que luce y lo que importa. Y así seguimos, absortos en la delicada manicura del dedo que señala, mientras la luna –inmensa, antigua y callada– continúa ahí arriba, esperando a que alguien se digne mirarla.
Javier López-Escobar
