Una tarde templada de primavera, a las 18 horas, 28 minutos y 32 segundos, en la orilla quieta de un remanso, una larva de Simulium erythrocephalum emerge de un huevo diminuto. Apenas es un punto oscuro que la corriente sostiene unos instantes y después deja fijado al tallo de un jacinto de agua.
Inmediatamente abre sus abanicos bucales y comienza a filtrar materia orgánica, bacterias, partículas invisibles y restos minúsculos arrastrados por el agua. Durante diez días permanece allí, inmóvil. Crece unos milímetros hasta cesar por completo su actividad. Entonces se envuelve en un pequeño estuche pupal, apenas distinguible entre el limo, las burbujas y los filamentos verdes.
Una semana más tarde, la envoltura se abre. De ella sale una mosca negra, breve, exacta, recién terminada. Permanece unos segundos sobre el espejo líquido y levanta el vuelo. Avanza entre juncos, se aleja del estanque, se detiene aquí y allá, sin prisa.
Cerca, sobre la hierba recortada, una esfera blanca reposa en equilibrio al borde de un hoyo. La mosca desciende sobre ella, se posa y recorre la superficie alveolada; movimientos cortos, extendiendo aquí y allá sus labelos. La bola permanece quieta. También el aire. También la sombra del banderín.
Un milisegundo basta para que el movimiento del insecto desplace una micra el centro de gravedad de la pelota. La esfera pierde el equilibrio y se precipita en el hoyo, mientras la mosca levanta el vuelo y se pierde en el aire antes de que el sonido del golpe seco termine de apagarse.
Es 22 de abril. En ese mismo instante la vida de un joven deportista cambia para siempre. A pocos metros, un muchacho levanta los brazos con una extraña sensación de armonía absoluta. Es un momento perfecto. Luz suave, un aroma en el aire, el murmullo tranquilo del público. Acaba de completar el hoyo 18 bajo par y de firmar la mejor tarjeta del campeonato. Sonríe al salir del green y abraza a sus compañeros. Desde ese instante, su futuro es otro.
A esa misma hora, en Mar-a-Lago, otra mosca gira bajo una lámpara de cristal. Donald Trump se despereza en un sillón claro. Sobre la mesa hay un informe, un vaso con hielo, tres rotuladores gruesos, una gorra roja, un teléfono y un plato con dos galletas. Una entera. Otra mordida. La mosca baja hasta el papel. Camina sobre una línea subrayada. Se detiene en la palabra «Irán». Se frota las patas. Trump la mira. El hielo cruje en el vaso.
La mosca avanza hasta el borde de una carpeta azul. Trump levanta la mano para espantarla y golpea el teléfono con los nudillos. Una luz roja se enciende. Alguien contesta al otro lado. Trump no dice nada durante un segundo. En ese segundo, la mosca vuela hasta la galleta mordida. Después, él habla.
En una sala sin ventanas, un hombre con auriculares se endereza. En una base aérea, una puerta metálica se abre. En una pantalla aparece un punto verde. Luego otro. Luego una línea curva sobre un mapa oscuro. Un técnico aparta una taza de café del borde de una consola. Se firma una orden. Alguien mira el reloj. El mundo tarda unos segundos en darse cuenta de que ha cambiado por completo.
En Madrid, casi al mismo tiempo, Pedro Sánchez está frente a un espejo. Sobre la mesa: un discurso subrayado en tres colores, una estadística de intención de voto rodeada con un círculo, dos móviles, un vaso de agua sin beber y una fotografía suya en portada de revista, colocada boca arriba.
Una voz enumera jueces, socios, encuestas, presupuestos, Washington, bases, Irán, aviones, permiso, respuesta, consecuencias. Sánchez escucha. La mosca camina ahora por el marco de una fotografía. Sánchez la mira. Suena el teléfono y distraído dice: –No. Cuelga. Lee un argumentario.
En Washington, un bolígrafo deja de moverse. En Bruselas, alguien levanta una ceja. En Ferraz, una puerta se cierra despacio. En una libreta negra, junto a un nombre español, se traza una raya.
Luego vinieron los comunicados, los mapas, las comparecencias y los expertos. Nadie miró hacia la galleta mordida, ni hacia la fotografía de la mesa, ni a la mosca que se aleja.
Javier López-Escobar
