La Bulosfera algorítmica

Mantener coordinado y con pulso cualquier relato oficial exige un gran esfuerzo, aunque cada vez menos. Un amplio equipo de asesores al servicio de la presidencia se encarga de modelar la narrativa a conveniencia, respaldado de inmediato por un coro de medios afines que repiten la consigna al unísono, como si fuera un estribillo ensayado.

Cuando surge un escándalo incómodo, el debate nunca se queda en el fondo del asunto. De pronto todo se convierte en una supuesta operación de acoso de la oposición, ciertos jueces o medios críticos. Los hechos, molestos, pasan a segundo plano; lo que importa es polarizar y convertir el caso en otro episodio de “la derecha contra un Gobierno legítimo”.

La propaganda, sin embargo, se está automatizando a toda velocidad. Lo que antes requería nóminas altas, personal dedicado y una red de favores gubernamentales, hoy lo consigue cualquiera con una simple suscripción a una inteligencia artificial. Podemos externalizar hasta la mentira.

Para quienes aún creen que el impacto de la IA en la opinión pública es una distopía exagerada, dos estudios publicados en diciembre de 2025 en Science y Nature (Hackenburg et al. y Lin et al.) han puesto cifras irrefutables al problema. Demuestran que una conversación de pocos minutos con un chatbot puede modificar actitudes políticas y preferencias electorales con una eficacia hasta cuatro veces superior a la de la publicidad convencional. Y lo más curioso: cuanto más se entrena al modelo para persuadir, más convence… y menos escrúpulos muestra con el maquillaje de la verdad.

La máquina miente mejor, más rápido y sin el menor riesgo de ruborizarse. Es, en el fondo, el tertuliano perfecto, sin pasiones, sin sentimientos, pura electricidad excitando circuitos electrónicos refrigerados por agua.

Los investigadores reclaman salvaguardias. Pero, viendo cómo líderes como Donald Trump o Úrsula von der Leyen han reconocido que el viejo orden internacional ya no funciona —y que ni siquiera han podido detener las guerras de Ucrania o la actual de Irán—, confiar en que el poder político aplicará frenos efectivos a esta herramienta de persuasión masiva parece, cuanto menos, un acto de fe conmovedor.

No hace falta un golpe violento para torcer la voluntad popular. Basta un goteo constante de medias verdades, afirmaciones plausibles y hechos oportunamente retocados distribuidos a gran escala. Con la IA funcionando a pleno rendimiento, cualquier consenso relevante puede quedar bajo sospecha de haber recibido un empujón manufacturado en un centro de datos.

Ante esta bulosfera algorítmica, la única defensa que nos queda es antigua y más necesaria que nunca: el escepticismo. Aplicarlo sin piedad, incluso —o sobre todo— ante los abundantes tuits del señor ministro.

Javier Lopez-Escobar

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