La historia de Higinio y Herminia. Todo bajo control

Higinio era un niño pelirrojo por parte de madre, de tez clara y aspecto pulcro, metódico y muy suyo, trabajador formal y algo inseguro, mirado para sus cosas. Desde siempre llamó su atención la pequeña Herminia, su vecinita, de ojos claros y cabellos de oro, pizpireta y bien parecida, que no hacía ascos a su compañía. Tal era la devoción que le profesaba que en el colegio renegó del balón y las chapas para aprender a saltar a la comba y jugar a la rayuela.

Con el tiempo la relación fue cuajando. Higinio se ganaba bien la vida, tenía posibles, y ella se había enamorado perdidamente de él. Se prometieron y emprendieron los preparativos.

Entre los dos pensaron fundar una familia clásica, a contracorriente: él traería el pan a casa, ella se ocuparía de las tareas domésticas y de la prole. Su natural celoso llevó a Higinio a comprar una casita a las afueras, aislada, con agua de pozo para alejar a los fontaneros, gas ciudad para mantener fuera a los repartidores de butano y una muchacha de servicio que haría los recados para evitar visitas indeseadas.

Pocos meses después del enlace, Herminia comunicó su estado de buena esperanza. Los nueve meses que siguieron fueron de gozo in crescendo.

El día D, a la hora H, se presentaron en el hospital provincial. Cesárea. Se soltaron la mano a la entrada del quirófano y no quedó sino esperar.

No mucho más tarde, ella desperezándose en la cama y él tomándole la mano, recibieron a la enfermera con la criatura en brazos. La depositó en el regazo de Herminia. Se asomaron los dos. El corazón se les heló.

Higinio soltó la mano, dio un salto atrás, murmuró «¡Maldita!» y no volvió. Herminia miraba a los ojos a una preciosa niña negrita de pelo rizado y ojos azabache.

Seis puertas más allá en el pasillo, otra pareja de jóvenes inmigrantes ugandeses estaba paralizada de asombro al ver cómo su hijo era un sonrosado varón pelirrojo de ojos azules.

Un despiste hospitalario y el azar, que no sabe de precauciones, cerrojos ni protocolos, se coló como suele, y las vidas de dos parejas, dos criaturas y una enfermera cambiaron para siempre.

Recuérdese, si no, lo acaecido con aquel crucero que zarpó con el hantavirus a bordo. El trasatlántico era nuevo, la naviera era solvente, los protocolos sanitarios eran rigurosos y públicos, la probabilidad de contagio era, según los técnicos, despreciable. Y, sin embargo, los pasajeros que permanecían sanos y a salvo en sus camarotes sufrían tanto o más que los que yacían indispuestos en la enfermería. Porque no era la enfermedad lo que les aquejaba, sino el pavor a contraerla. Como quien no ha olvidado del todo, desinfectaban una y otra vez los pomos de las puertas. Interrogaban sin tregua al médico de a bordo con preguntas cuya respuesta no escuchaban. Pedían certezas al mar.

El mar, como es su costumbre, no respondió, pero alguien, en algún despacho con moqueta, redactó un comunicado garantizando que la situación estaba perfectamente controlada. Era, con toda probabilidad, el mismo alguien que redacta todos los comunicados.

Cuanto más crecen los diques, más se percibe la fuerza del agua. Cuanto más se sellan las rendijas, más silba el viento. El esfuerzo de controlar el mundo choca con una realidad que no se deja controlar. Y así vivimos, o mal vivimos, en una guardia perpetua que agota más que cualquier calamidad real.

Higinio lo supo demasiado tarde. O quizás no lo supo nunca. Los hay que no lo saben nunca y que, pese a ello –o quizás por ello– terminan gobernando. A estos el azar no les arredra: cuando se cuela, convocan rueda de prensa, invocan la resiliencia, culpan a la oposición y piden que no cunda el pánico. Lo que no hacen, a diferencia de Higinio, es soltar la mano, la suya, la de usted. La aprietan con fuerza, para que no se escape.

Javier López-Escobar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *