La caricatura del Rey Lear

El Rey Lear, conocida obra de William Shakespeare, es el retrato clásico de un monarca cegado por la vanidad. Convencido de que es amado incondicionalmente, exige que sus hijas le juren adoración. Repudia a la única que es honesta y favorece a las aduladoras. Su soberbia lo lleva a perder su reino, la cordura y, finalmente, a quedarse completamente solo.

Más cerca nos toca Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que describe el arquetipo del cacique que cree que toda la gente del pueblo de Comala le debe pleitesía y le es leal. A base de abusos y de creer que su voluntad es la única razón que importa, termina creando un pueblo de fantasmas y sumido en un aislamiento absoluto.

¿Sigo con las citas –le aseguro que es divertido– o ya ve por dónde voy? Es una pregunta retórica.

Pensaba recordar la fábula clásica de la zorra y el cuervo (Esopo / Samaniego), en la que aprendimos cómo el exceso de vanidad hace que una persona –el cuervo– se crea las mentiras y halagos de quienes le rodean, perdiendo su patrimonio –el queso– y quedando en ridículo frente a su entorno.

El Rey Lear, Pedro Páramo, el cuervo y tantos otros evocan inmediatamente a un presidente que se enroca y, alejado de España física y espiritualmente, a su llegada a la Cumbre UE-Balcanes Occidentales, en Tivat, ante los micrófonos y sin mediar pregunta explica: «Nunca he conocido ni fui informado de las andanzas de la señora Leire Díez. Nunca las hubiera tolerado». El mismo que negaba conocer a Koldo «más allá de una relación anecdótica» o haber encontrado «facetas desconocidas en lo personal» de José Luis Ábalos.

El presidente también ha rechazado conocer al comisionista Víctor de Aldama al afirmar que nunca se reunió con él ni mantuvo trato alguno, a la vez que negaba de manera rotunda que su esposa, Begoña Gómez, realizara ningún tipo de gestión a favor del rescate de Air Europa –lo que aún está por ver–.

Durante su comparecencia en la Comisión de Investigación del Senado, Sánchez eludió responder a decenas de preguntas sobre las tramas de corrupción que le salpicaban a él, a su familia, al Gobierno y al Partido Socialista. Se amparó reiteradamente en frases como «no me consta», «no lo sé» o «no tengo constancia».

Me siento un poco como una maestra de infantil preguntando: a ver niños y niñas, ¿qué hemos aprendido de esta fábula? Ya me imagino a Santiago, de 8 años, levantando la mano para decir: «¡Que no hay que ser unos presumidos! El cuervo se creyó muy guapo porque la zorra le dijo que cantaba bien, pero solo quería robarle el queso. Al abrir el pico para chulear, se quedó sin comer». O puedo ver a Lucía, de 9 años, levantarse y replicar en voz alta: «Hemos aprendido que no te puedes fiar de la gente que te dice demasiados piropos si no los conoces. La zorra era una mentirosa y le engañó usando palabras bonitas para que soltara el queso».

Tú, Pedro, ¿qué has aprendido? ¿No temes pasar a la historia como la caricatura del Rey Lear? Y a vosotros, votantes, ¿qué os parece todo esto? No me contestéis, pensadlo y tal vez –solo tal vez– Shakespeare, Rulfo o Esopo no habrán vivido en vano.

Yo me despido hasta septiembre. La pregunta se queda aquí, en el aire, por si alguien quiere recogerla.

¡Feliz verano!

Javier López-Escobar

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