Para cuando esto se publique…

Los artículos de opinión son bastante más difíciles de escribir de lo que parece a simple vista. Conviene, por un lado, merodear los temas de actualidad, documentarse con un mínimo de rigor y, a ser posible, intentar ofender al menor número posible de lectores de buena fe. Una ecuación compleja en los tiempos que corren.

Para cuando estas líneas vean la luz habrán pasado, al menos, un par de semanas desde el momento en que las confié al teclado. Eso, al ritmo vertiginoso al que transcurre la vida pública últimamente, puede provocar que cuando usted las lea se pregunte si el columnista habita en una cueva. Sea como fuere, me arriesgaré a formular una apuesta: a fecha de hoy, todavía no habremos acudido a las urnas y, con total seguridad, el presidente continuará estirando los plazos sin convocar elecciones.

Lo que mi limitada capacidad de adivinación ya no alcanza a aventurar es si la tercera secretaria de organización de su partido seguirá en el cargo. Tampoco qué nuevos nombres se habrán incorporado a la nutrida orla de graduados en corrupción en sus más diversas especialidades. No me entretendré, por tanto, en un asunto tan mudable.

Prefiero elevar un instante la mirada por encima del lodazal en el que chapotea nuestro líder y señalar un detalle que, con frecuencia, queda sepultado bajo el ruido ensordecedor de los titulares. Sánchez quiere convencernos de que España avanza a velocidad de crucero exclusivamente gracias a su providencial gestión. Se prodiga en cifras macroeconómicas, presume de datos de empleo y se jacta de un exuberante legado legislativo orientado a la defensa de derechos varios.

Cualquier ciudadano con un nivel medio de información que le escuche arqueará una ceja en señal de escepticismo –¿He dicho ceja? Perdón, no sé en quién estaría pensando–. Pero tampoco es mi intención descender hoy a despiezar la ingeniería contable de Moncloa. La trampa es tan palmaria que quienes no la ven es, sencillamente, porque han decidido voluntariamente cerrar los ojos. Contra la fe ciega, cualquier intento de debate racional resulta estéril.

Incluso si compráramos la tesis de que el país funciona –aceptamos «pulpo» como animal de compañía–, lo cierto es que España no va muchísimo mejor precisamente por culpa de Sánchez. Lo que él exhibe como mérito es, analizado con frialdad, nuestro mayor lastre.

Hagamos el ejercicio de cribar un poco de grano entre tanta paja. ¿Se imaginan por un instante la potencia que tendría nuestra economía si contáramos con unos presupuestos generales aprobados en tiempo y forma cada año, en lugar de vivir en una prórroga perpetua? ¿Qué ocurriría si los miles de millones de los fondos europeos se gestionaran con criterios de eficiencia y no de puro clientelismo? La nación avanzaría de forma notablemente más fluida si el partido gobernante no tuviera sus sedes y los domicilios de sus principales cargos permanentemente ocupados por la UCO. Registrar cajas y atender a la policía a primera hora de la mañana resta tiempo, y mucho, a la buena gobernanza.

El coste real de este Gobierno se mide en el abandono sistemático de lo importante. Pensemos en la financiación autonómica, en el colapso de nuestra red de infraestructuras ferroviarias, en el estado de las carreteras o en la clamorosa ausencia de una política energética e hidráulica real, y no puramente electoralista.

Sumen una gestión migratoria decente, el respeto a la separación de poderes y algo menos de entreguismo a los nacionalismos independentistas. Solo con eso, España sí iría como un tiro. Si no va así, la culpa es innegablemente de quien no dedica un minuto a lo que de verdad necesitamos –aunque no hubiera habido ni el más mínimo caso de corrupción– ocupado como está en pulir su propio oropel, soñando con verse algún día esculpido en mármol en la galería de hombres ilustres.

Para cuando esto se publique… ¿sabremos al menos si nos dejarán votar pronto para volver a la normalidad?

Javier López-Escobar

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