Tropecé el otro día en la pantalla de mi teléfono con un cuadro que me obligó a detenerme en el distraído scroll al que estaba entregado. Se trataba de La verdad saliendo del pozo, de Jean-Léon Gérôme, 1896, obra maestra del academicismo francés.
El pintor representa a la Verdad como una preciosa joven desnuda que emerge gritando furibunda de un pozo oscuro, látigo en mano, dispuesta a castigar a quienes la desprecian. Su inspiración procede de una cita atribuida a Demócrito: «En realidad nada sabemos, pues la verdad yace en un abismo». Con la modelo desnuda quiso presentar la verdad sin adornos ni interpretaciones subjetivas.
El óleo es hermoso y su mensaje, innegable. Sin embargo, sigue cayendo en saco roto. Me temo que, si algún día la Verdad se harta de la oscuridad y sale del pozo, se hartará pronto de fustigar a los mentirosos que crecen como mala hierba allí donde encuentran ocasión.
Circula una leyenda popular según la cual la Mentira convenció a la Verdad para bañarse juntas en un lago y, mientras esta nadaba, le robó las ropas. Incapaz de vestirse con las de la Mentira, la Verdad tuvo que caminar desnuda, y la gente se horrorizaba al verla. Desde entonces, muchos prefieren la Mentira bien vestida antes que la Verdad al desnudo.
¿Cómo si no explicar que mítines llenos de consignas reciban aplausos que no resistirían la más mínima prueba de veracidad?
Cada vez es más difícil distinguir lo cierto de la fábula, el dato de la media verdad interesada, la intención honesta de la pura ambición. Me resisto a poner nombres, pero invito al lector a escuchar con atención a cualquier mitinero con el que no comulgue, a cribar sus palabras y someter después al mismo filtro a quien sí le sea afín. Descubrirá, con honestidad, una retahíla de palabrería que, en el mejor de los casos, busca seducir y, en la mayoría, predisponer contra el contrario.
Hecha esa salvedad, y precisamente por aplicar ese filtro, resulta imposible no mirar hacia quienes hoy gobiernan España. Hay momentos en que la falsedad deja de ser táctica para convertirse en método, y el disfraz termina manchado por el lodo de la propia iniquidad. Basta comparar a quien se expone —quien habla de sí mismo sin filtros ni maquillaje, desde el miedo o el dolor— con quien envuelve en denuncia lo que no pasa de consigna. En un caso alguien se abre; en el otro, alguien actúa. Usted, lector que sigue la actualidad, sabe perfectamente a quién me refiero.
Por fortuna, ningún régimen basado en el engaño sistemático dura eternamente. La repugnancia que hoy genera su cinismo es también semilla de algo distinto. Aún hay formaciones y personas dispuestas a jugársela por la verdad, o al menos a no convertir su ocultamiento en deporte nacional. Hombres y mujeres que prefieran ganarse el respeto de los ciudadanos antes que comprar su aplauso. No serán perfectos, pero sí honestos.
La Verdad, con látigo o sin él, terminará saliendo del pozo. Ojalá encuentre a suficientes españoles dispuestos a recibirla sin escandalizarse de su desnudez y a respaldar a quienes se atrevan a caminar a su lado. Y ojalá no tardemos demasiado en verlo.
Javier López-Escobar
