La Real Academia de Historia y Arte de San Quirce recibió, al editor, dramaturgo y gestor cultural Carlos Rod Pérez, que tomó posesión de la plaza de académico de número vacante tras el paso a supernumerario de Alonso Zamora Canellada.
El acto, presidido por el director de la institución, Pablo Zamarrón, tuvo lugar en el Aula de San Quirce. Rafael Cantalejo, como académico de mayor antigüedad presente, y Gonzalo Borondo, último en ingresar, fueron los encargados de recibir al nuevo miembro. La ceremonia culminó con la imposición de la medalla número 11 y la insignia académica por parte del director, entre prolongados aplausos.
En su discurso de ingreso, titulado La Segovia contracultural entre 1994 y 1999, Carlos Rod realizó un profundo y emotivo ejercicio de memoria histórica y reflexión teórica. «Hay culturas que no dejan un archivo porque nadie, mientras ocurren, las considera dignas de ser archivadas», empezó su intervención, en la que recuperó un periodo de efervescencia creativa en la ciudad hasta hoy invisibilizado.
Rod comparó aquella escena segoviana con la ciudad de cine construida por Cecil B. DeMille para Los diez mandamientos, en 1923, enterrada bajo las arenas de California: un conjunto efímero de energía, relaciones y experiencias colectivas que, sin embargo, dejó huella en las trayectorias posteriores de sus protagonistas. «Lo que se enterró en Segovia no era materia, sino experiencia, relación, energía colectiva», subrayó.
El nuevo académico recordó la proliferación de fanzines, cortometrajes, obras de teatro y exposiciones en casas particulares, y proyectó imágenes de algunas publicaciones artesanales de la época, como Fiasco (que él mismo impulsó junto a Miguel Díaz y Rodrigo González). Rod enmarcó el fenómeno en un contexto teórico sólido, estableció paralelismos con la teoría de la restauración arquitectónica y las ideas de Daniel Link sobre la tradición como combate, y defendió la marginalidad como condición de radicalidad y autenticidad: «La contracultura no es la negación de la cultura, sino su forma de fricción, el lugar donde el idioma muta».
Igualmente, contextualizó el periodo en la Segovia de los noventa: una ciudad de unos 55.000 habitantes, con una rica vida cultural institucional (Tertulia de los Martes, Cine Club de la UNED, talleres teatrales), pero donde los bares —Santana, Shout, La Factoría— actuaban como «terceros lugares» de encuentro informal, germen de proyectos colectivos. Lejos de caer en la nostalgia, el discurso de Rod fue un «acto de justicia histórica»: reconocer que la historia cultural de Segovia no la escriben solo las instituciones y los grandes patrocinadores, sino también los márgenes. «Nombrar es también una forma de rescatar», concluyó.
La contestación al discurso, que corrió a cargo del académico de mérito Antonio Ruiz Hernando —aunque leída por Juan Luis García Hourcade por ausencia de aquel—, repasó la trayectoria de Rod: su paso por el taller de teatro de Miguel Martín Gómez, sus estudios de Dramaturgia en la RESAD, su labor al frente de Ediciones La Uña RoTa desde 1996 y su compromiso constante con la creación independiente. «En su discurso de ingreso nos ha mostrado un aspecto cultural desconocido por la mayoría, tan lejos de lo oficial y tan interesante», dijo.
Carlos Rod tuvo palabras de agradecimiento para su familia, para colegas como Ana Zamora, David Pinillos o Luis Callejo —muchos de ellos forjados en aquella época— y para la Academia. El ingreso de Rod refuerza el perfil contemporáneo de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, antigua Universidad Popular Segoviana. Fue una tarde de júbilo y celebración.
