No he sido el único que al ver al presidente del Gobierno de España en una red social recomendando una lista de canciones que dice haber escuchado, justo antes de partir para La Mareta, ha recordado lo que relataba Tácito («Anales», XV, 39) sobre Nerón. Esta semejanza ya está siendo explotada muy activamente en la arena política bajo el apodo de «Pedro Nerón», pero es que lo ha puesto a huevo.
El historiador señalaba que el emperador ni siquiera estaba en Roma cuando comenzó el fuego, sino en su villa vacacional de Antium. Aunque el relato explica que regresó de inmediato para organizar los rescates y abrir sus palacios a los damnificados, añade que «corrió el rumor» de que, mientras la ciudad ardía, Nerón subió a un escenario privado y cantó sobre la Destrucción de Troya para comparar las desgracias presentes con las pasadas.
Y no sé si se lo va a creer, pero cuando Nerón volvió a Roma, al ver que la opinión pública lo señalaba directamente y que la tensión social en las calles de la capital era insostenible, para desviar el odio de los ciudadanos que lo miraban con resentimiento, buscó un chivo expiatorio –sí, como lo oye–: acusó formalmente a una secta clandestina y minoritaria que ya era impopular en la ciudad, los cristianos, iniciando contra ellos las brutales ejecuciones públicas en el circo para calmar las ansias de culpa del pueblo romano. ¿No le suena el truco de algo?
Suetonio, décadas más tarde, da por hecho que contempló el desastre desde la Torre de Mecenas «vestido con ropa teatral, cantando la caída de Ilión y tocando la cítara». Dión Casio, en el siglo III, extrema el relato y sostiene que se subió al techo de su palacio en el Palatino a tocar la lira vestido de arpista, disfrutando de la destrucción.
Sí, ya sé, tenemos la mente muy calenturienta. Será la crispación y el frentismo al que nos empujan la extrema derecha y la derecha extrema los que nos hacen evocar tales hechos acaecidos hace miles de años.
Esos difusores de odio y bulos que a los pobres cortos de mente como yo nos llevan a conectar el tono festivo de Spotify con la realidad de ver España arder, o de presenciar la peor crisis migratoria de nuestra historia en la frontera de Ceuta, mientras desde el Gobierno nos endosan una selección musical para el verano.
Al fin y al cabo, como sugiere una de las canciones de la lista, hay «Tantas cosas» más importantes de las que ocuparse antes que de una emergencia nacional. Será que cualquier parecido de la realidad misma con la propia realidad es pura coincidencia –no me he equivocado; sí, he querido comparar la realidad con la realidad misma–.
Todo el mundo sabe que Suetonio y Dión Casio pertenecían a la clase senatorial, enemiga acérrima de Nerón. Seguro que si miramos bien en los anales de la Historia encontraremos los carnets de Vox entre las pertenencias de ambos, lo que explicaría por qué sus biografías tienden a la caricaturización y al desprestigio del emperador. Vamos, lo mismito que ahora hacen un tal Alvise –al que no tengo el disgusto de conocer– y otros pseudomedios al criticar que se sintonice a Charli XCX o a Quevedo mientras las portadas se llenan de tragedias.
Es de público conocimiento que el emperador tenía una auténtica obsesión con las artes escénicas –¿de qué me suena a mí lo de las artes escénicas, los documentales a medida y el foco mediático?–, la música y la poesía. Pero para los romanos más tradicionales, que el jefe del Imperio, el puto amo, el número uno, el one, actuara en teatros públicos era una degradación absoluta de su dignidad, lo que hizo perfectamente creíble que difundieran el mito de que se comportara como un artista desquiciado durante una tragedia real.
Resulta demasiado fácil y tentador cambiar la cítara por un smartphone y la Torre de Mecenas por el sofá de La Mareta para comprobar que el playlist del presidente es la versión moderna de la lira de Nerón.
Javier López-Escobar
