Hace poco alguien me señaló una coincidencia llamativa entre algunas ideas expuestas en uno de mis artículos y la llamada «doctrina del shock» de Naomi Klein. Yo no conocía a esta periodista y activista canadiense, ni había leído su obra; me limité a investigar un poco sobre su pensamiento para comprobar si había algo de cierto en la observación. Y lo había.
Klein presenta una historia alternativa del ascenso del libre mercado, vinculándolo a momentos de violencia, desorientación colectiva y reestructuración forzada. A primera vista, podría parecer que sus ideas y las mías se sitúan en orillas opuestas. Pero a mí siempre me ha interesado poco el color de la etiqueta y bastante más lo que hay dentro del frasco. Por eso, cuando alguien que piensa desde coordenadas muy distintas tropieza con una verdad reconocible, lo sensato no es taparse la nariz, sino prestar atención.
Tal vez la lucidez de Naomi Klein no resida únicamente en haber descrito los excesos del capitalismo, sino en haber señalado una tentación más general del poder contemporáneo, sea liberal, progresista o de cualquier otra devoción: apropiarse del lenguaje moral, gobernar a golpe de excepción, convertir la crisis en coartada y sustituir los resultados por relatos. Es una técnica de gobierno sin ideología.
Personalización del poder, primacía del relato sobre la gestión, política de anuncio, elasticidad programática, uso táctico de la crisis… ¿Le resulta familiar? Puedo imaginar fácilmente al presidente del Gobierno de España, tras agotar las lecturas que nos recomienda en sus redes, paseando la mirada complacido por las páginas escritas por esta destacada ensayista canadiense, sintiendo cómo se reflejan en esos textos no pocos rasgos del discurso progresista mientras la brisa del mar acaricia su piel.
No descarto que durante sus vacaciones canarias, entre canción y canción de su lista de reproducción haya repasado «No Is Not Enough: Resisting Trump’s Shock Politics and Winning the World We Need» (2017). No hace falta traducir el título para entender por dónde van los tiros. En ese libro insiste en que la resistencia puramente reactiva es insuficiente y en que no basta con oponerse; hay que formular un «sí» creíble, capaz de disputar el terreno al trumpismo y de ofrecer un proyecto político reconocible. ¿Se habrá dado por aludido?
Sospecho que, si se adentrara en «Doppelganger: A Trip into the Mirror World» (2023), empezaría a sentir un cierto escalofrío en la espalda. No sé si le gustarían tanto esas páginas en las que Klein describe al poder atrapado en sus propios artificios narrativos, en sus dobles, en sus coartadas y en sus espejos. En ese punto, más que un ensayo sobre el poder contemporáneo, el libro empieza a parecer un retrato del personaje.
Bajo ese prisma, conceptos como la gobernanza hiperliderada, el oportunismo de gobierno o la elasticidad programática merecen menos una etiqueta ideológica que un diagnóstico clínico. Pero si algo enseñan también estas lecturas es que ningún relato resiste indefinidamente el contraste con la realidad. Se puede gobernar un tiempo con propaganda, con gestos, sin presupuestos, separado de la calle y custodiado por una escolta hipertrofiada, con excusas y señalando culpables imaginarios; pero es imposible gobernar siempre contra los hechos. Antes o después, la verdad –la de verdad, no esa que el presidente invoca constantemente– acaba regresando a gritos en la calle en boca de una ceutí aterrorizada y se cuela por la puerta que se dejó mal cerrada mientras el líder bucea indolente en Lanzarote.
Esa verdad la conoce bien la gente común, seguramente mayoritaria, que vive en el mundo real, no se desgañita en las redes aplaudiendo soflamas y tiene más inquietudes tangibles que pulsiones identitarias. Personas sensatas, que distinguen un proyecto de un trampantojo, que saben reconocer la política real frente al simple arte de sobrevivir en el poder y a las que ya no se engaña con la realidad vista desde La Mareta.
Javier López-Escobar
