¿Y si las trampas formaran parte del juego?

Nicolás Maquiavelo, en su archiconocida obra El príncipe, advertía de que un gobernante debe saber actuar tanto mediante las leyes como mediante la fuerza cuando las circunstancias lo exijan. También defendía la utilidad política de la simulación y el engaño cuando resultaran necesarios para conservar el poder. La trampa, en determinadas circunstancias, no sería un fallo del sistema, sino una herramienta más del gobernante.

Seguro que ya hay un nombre en su cabeza. Apuesto a que se le ha venido una imagen y su cerebro está intentando adivinar mis intenciones. Estoy tan convencido de ello que, si quisiera conseguir justo ese efecto, podría dejarlo aquí.

Pero me gusta mirar alrededor, observar el contexto, ir un poco más allá y hacerme preguntas antes de dar respuestas. Como ya sabe, me gustan mucho más las dudas que las certezas; dentro de un orden, claro, no se alarme.

En esta ocasión quiero alejarme un poco del lodazal ibérico. Ignoremos por un instante nuestras cuitas y, especialmente, a ese líder supremo que, en mitad de una descomunal crisis política, humanitaria e internacional, encuentra tiempo para refugiarse en un búnker vacacional y recomendar canciones de moda. También podemos dejar descansar a su solícito consejo de ministros y ministras, entregado al equilibrismo genuflexo y al aplauso sincronizado. No. Hoy no hablaremos de ellos. Qué pereza.

Oteemos el mundo con cierta perspectiva. En la política internacional, el poder parece regirse cada vez más por el interés propio y la fuerza. Las reglas, las leyes y los tratados se convierten en instrumentos que se respetan mientras resultan útiles y se bordean cuando dejan de serlo. Hemos vuelto, en cierto modo, a la selva: la supervivencia por cualquier medio vuelve a parecer una estrategia razonable.

Robert K. Merton llamó «anomia» a la tensión que aparece cuando una sociedad impone determinadas metas de éxito, riqueza o estatus, pero no garantiza medios legítimos para alcanzarlas. Una de las respuestas que describió fue la «innovación»: conservar el objetivo y saltarse las reglas para conseguirlo.

Si el sistema premia el resultado y castiga el fracaso, hacer trampa puede acabar siendo una estrategia racional.

Mire donde mire, parece que hemos llegado a un punto en el que hacer trampas forma parte del juego. Si un ciclista no se dopa o un político no desinforma, puede perder competitividad frente a quien sí lo hace. La regla no escrita parece ser sencilla: hacer trampa sin que te descubran.

Y si te descubren, tampoco pasa demasiado. Se redefine la verdad, se empaqueta como «cambio de opinión» por el bien general y se ordena al coro de acólitos que repita el nuevo dogma en las tertulias antes del telediario de las tres. El relato lo aguanta todo.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han explicado cómo las democracias modernas pueden erosionarse sin necesidad de golpes de Estado: basta con que dirigentes elegidos utilicen las propias reglas democráticas para debilitarlas desde dentro, mientras desaparecen poco a poco las normas informales que contienen el abuso del poder.

Pero el verdadero peligro es que los demás terminemos aceptando las trampas hasta convertirlas en normas. En ese momento habremos muerto como sociedad.

Pero no quería yo amargarle el día. Insisto: no piense en nadie de aquí. En España no hacemos esas cosas. Disfrute del resto del verano.

Javier López-Escobar

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