Un eclipse total

El pasado doce de agosto me dirigí con mi mujer a un lugar próximo a casa, elegido de antemano para disponer de terreno despejado y vista limpia al oeste. Queríamos disfrutar del eclipse total de Sol. Otras personas tuvieron la misma idea y, poco a poco, el espacio se fue poblando de un grupo humano variopinto: familias con sombrillas y neveras, fotógrafos con sus equipos, parejas y un nutrido contingente de mormones. La mayoría, hombres jóvenes en perfecto estado de revista –camisas blancas, corbatas e identificadores en el pecho–, acompañados de algunas mujeres de faldas largas y pastoreados por una pareja mayor: él, algo menos uniformado; ella, con la falda un poco menos larga.

En aquel pequeño y polvoriento rincón de la provincia se reunió una curiosa variedad de sentires, pareceres y pensares… bueno, pensares, vaya usted a saber. Me dio en la nariz que el grupo de americanos parecía tan uniforme en el aspecto como en el pensamiento manifestado, y eso tiene no pocas ventajas.

Por ejemplo, decir adiós a la fatiga de las decisiones. Su plan de vida ya viene impreso. No pierden tiempo decidiendo qué hacer una tarde de eclipse, qué ropa ponerse o si deben leer o no un libro concreto. La abolición del libre albedrío tiene su aquel y, de paso, te libra de la sentencia que formuló Jean-Paul Sartre: «estamos condenados a ser libres».

Cada dilema moral –cómo educar a los hijos, qué votar, qué pensar– llega en dosis perfectamente identificadas, con el sello de aprobación institucional correspondiente. Adiós a las crisis existenciales. ¿Para qué sufrir buscando el sentido de la vida a los cuarenta si ya te lo explicaron todo a los ocho?

Mudanzas gratis de por vida. Nada de contratar un capitoné: cada vez que cambies de casa aparecerán quince hombres jóvenes sonrientes dispuestos a cargar el frigorífico. Y lo mejor: una red de contactos a prueba de bomba. No necesitas LinkedIn ni Tinder. Cónyuge, socios y amigos vienen preseleccionados en el mismo salón de la capilla.

En un entorno caótico y saturado de opciones, un sistema de reglas absolutas funciona como un blindaje psicológico. La pérdida de libertad individual se compensa con la paz mental de no tener que dudar de nada. Y no son pocos los que se suben a ese tren.

Sin ir más lejos, viajando de Utah a España en Falcon –sobrevolando La Mareta y aterrizando en Ferraz–, uno descubre que ser mormón y ser sanchista se parecen más de lo que imaginamos. El caparazón es el mismo; solo cambia, y no siempre, el color de la camisa.

También aquí el plan de vida viene impreso. No hace falta decidir cada mañana qué pensar: la actualización ideológica llega sola, sin errores de sistema. Cada contradicción, cada cambio de opinión, cada giro de guion ya ha sido resuelto por el líder.

La culpa moral se abole con la misma eficacia. ¿Te preocupa la coherencia, el Estado de derecho o lo que dijiste el año pasado? Ese dilema ya lo resolvieron por ti. Duermes con la conciencia tranquila de pertenecer al «lado correcto de la historia». En las cenas familiares no hace falta elaborar argumentos complejos: basta con señalar a «la fachosfera».

El universo, que antes parecía complicado, se reduce a dos categorías litúrgicas: los que apoyan el progreso y los demás. El análisis político profundo queda reservado a quienes aún no han recibido la revelación. Eso sí, la huella de carbono del pensamiento propio es prácticamente nula.

La lealtad absoluta al líder absuelve cualquier pecado previo. No importa lo que hayas defendido antes: tu devoción actual te concede el estatus de santidad dentro de la organización. Cuando los medios o los jueces cuestionan las decisiones de la cúpula, no hay ansiedad posible: es persecución. El plan maestro existe, aunque nadie más sea capaz de verlo. Tu única misión es esperar el milagro de la próxima sesión de control.

Mormón y sanchista han aprendido la misma lección decisiva: mientras el Sol real desaparece detrás de la Luna, ellos contemplan una oscuridad confortable, ordenada y llena de sentido. La realidad queda perfectamente oculta.

Esa tarde tuve la suerte de ver más de un eclipse total y me apetecía contarlo.

Javier López-Escobar

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