Casandra, princesa troyana, hija de Príamo y Hécuba, recibió de Apolo el don de la profecía a cambio de sus favores. Ella se negó y el dios, rencoroso, escupió en su boca y la maldijo: «Podrás ver el futuro con claridad meridiana, pero nadie te creerá jamás». Cuando los griegos dejaron el gran caballo de madera a las puertas de Troya y simularon retirarse, Casandra gritó que traía la ruina. Por mucho que advirtió del destino fatal que traería Paris, nadie la escuchó.
Y mientras tanto, un caballo de madera se ha colado tras nuestras murallas, recibido como una ofrenda de paz y victoria. Llegó con un discurso de «regeneración democrática», «nueva política», «diálogo» y «coaliciones amplias», y de repente ya está dentro de las instituciones, cambiando mayorías, pactando con quien haga falta, ocupando instituciones y convirtiendo la Moncloa en una fortaleza desde la que se controla todo.
Como Paris, trae consigo una «Helena» particular: la promesa de un gobierno progresista que acabará siendo el detonante de una guerra cultural y política permanente. Los que avisaban son tratados como Casandras por un ejército de relatores a sueldo que ahogan cualquier posibilidad de que las advertencias germinen.
Muchos llevan años diciendo que el Gobierno es insostenible, que los pactos con Bildu y ERC tienen letra pequeña, que la economía se resiente, que la crispación es deliberada y que el «sanchismo» tiene fecha de caducidad… y gran parte del electorado los mira como los troyanos a Casandra, prefiriendo creer a esas otras voces que repiten:
«Quiero pedir perdón porque hasta esta misma mañana yo estaba convencido de la integridad de Santos Cerdán […] Desconocía las actuaciones que se le atribuyen».
«Nunca se avisó al Gobierno de que algo como lo del 28 de abril podía pasar».
«La vía no dio ningún tipo de señal de aviso […] La fisura era de tan pequeña entidad que no produjo alerta previa antes del quiebre».
«Nadie podía prever una concentración de más de 500 litros por metro cuadrado en zonas tan localizadas».
«Estamos enfrentando el incendio más importante y agresivo de la historia de España […] Su comportamiento es de un grado de virulencia imprevisible, fuera de la capacidad humana de extinción».
«No, no hay ningún informe al respecto de la situación acontecida […] El CNI trabaja de forma coordinada, pero no constaba un informe sobre este suceso concreto».
«Nadie podía prever que la respuesta ante un hecho humanitario fuera el rechazo del control de fronteras por parte del país vecino».
Y un largo etcétera.
Es como si el don de la credibilidad les hubiera sido retirado por el Apolo de la política, pero por este, hijo de la polarización y el relato, y no de Zeus y Leto. Cuando aciertan, se les dice «pesimistas». Cuando se equivocan, se les acusa de ser los culpables de todo. El relato es tan poderoso que, tras ocho años de gobierno, ha logrado el milagro de que cualquier desastre se convierta automáticamente en culpa de Vox, del PP, de Ayuso o del sursum corda. Esa es su verdadera virtud: descolocar al rival, que no acierta a colocar sus argumentos en el sentir popular con la fuerza necesaria. Y las virtudes han de reconocerse igual que los defectos.
Así, el caballo de madera entró en la ciudad y Troya ardió esa misma noche. Los troyanos trataron a Casandra de loca, charlatana y pesimista, la violaron junto al altar de Atenea, la entregaron como botín a Agamenón y terminó asesinada por Clitemnestra. Todo lo vio venir y no pudo evitar nada.
Casandra maldecida, Paris en Troya.
En Troya no había urnas.
Aquí, todavía, podemos no repetir su final.
Javier López-Escobar
