La campaña del «y tú más»

Se interrumpe la circulación en las vías por falta de mantenimiento, pero jamás la de consignas en los despachos. Se multiplican estos días por las redes infografías en las que el nombre de un responsable político aparece emparejado con una cifra, como si la mera relación nominal fuera una prueba. Pero la infografía es solo el envase; lo que lleva dentro es la ausencia de argumento. Es lo que tienen los modernos laboratorios de relatos para consumo rápido: tan dañinos para la circulación de la verdad como las grasas de los ultraprocesados para la de la sangre.

El pasado martes dimitió el ministro de Transportes tras el accidente de Urda, que se sumaba al de Adamuz: ciento quince muertos en menos de un año. Dimitió, que no es poco –en España dimitir se ha vuelto un deporte de riesgo para quien lo practica y de resignación para quien lo contempla–. Y es, además, el único gesto que no admite un «y tú más»: no se puede dimitir más que el otro; se dimite, o no. Sin embargo, a menos de un mes de las urnas, apenas se ha enfriado la comparecencia cuando la campaña ya reanuda su marcha con vigor.

El «y tú más» es una confesión con prisas: antes de acusar al otro, admite el «yo también». Quien reconoce que lo hizo no se defiende; se declara cómplice. Si todos tropezaron con la misma piedra, la conclusión no es que nadie deba rendir cuentas, sino que deberían rendirlas todos. Lo estrena, además, quien tiene más que explicar: nadie rebusca en los viejos titulares cuando le sobran las respuestas.

Su estrategia es sencilla: no pregunta qué ocurrió ni qué responsabilidades hubo, solo quién estaba. Un exceso de velocidad en Angrois, un carril fracturado en Adamuz, un sistema de control caído en Urda: tres causas y tres cadenas de mando aplastadas en una misma columna con la elegancia de una apisonadora. Tampoco se pregunta por el denominador –cuántos trenes, cuántos viajeros, en cuántos años–, y menos aún: ¿por qué?, ¿se pudo evitar? Todo eso son matices, y los matices no caben en una captura de pantalla.

Seguramente coincidiré con usted si me replica que lo hacen todos. Lo hacen. Las infografías de hoy serán mañana otras, con distinta corbata, y el bumerán, si no se domina el arte de lanzarlo, terminará siempre estrellándose contra la cabeza de quien lo arroje. Pero que lo hagan todos no es un atenuante; es el agravante.

Para completar la coartada se invoca la hemeroteca. Cualquier accidente, catástrofe, anécdota o herido del pasado se trae a la memoria para llenar un álbum de cromos, donde se cambia una tragedia por otra y nadie completa la colección. Hay quien rebusca en el archivo para reclamar coherencia, lo cual es legítimo. Y hay quien lo hace para pedir impunidad, lo cual es un oficio. El primero compara para exigir el mismo rasero; el segundo, para que nadie lo aplique. Se reclama perspectiva y se despacha retrospectiva: la primera obligaría a preguntarse qué falló, quién lo sabía y qué va a cambiar antes de que vuelva a ocurrir; a la segunda le basta con memoria selectiva y un buen archivo. Entre ambas hay una distancia que se mide en vidas y que, curiosamente, ninguna infografía incluye.

Antes de dimitir, el propio ministro se preguntó qué consuelo podía dar una dimisión a una víctima. Es una buena pregunta. Cabría extenderla: qué consuelo da una infografía. Y, ya puestos, qué consuelo da el implícito «con nosotros murieron menos», que empieza a perfilarse como el botiquín de primeros auxilios del político en apuros. Una dimisión tampoco es una absolución colectiva, aunque algunos la traten como un peaje: se paga en la caseta y se sigue por la autopista.

Mientras tanto, de captura en captura, seguimos alimentándonos de envoltorios –léase la etiqueta: puede contener trazas de argumento–. Las responsabilidades se convierten en estadísticas comparadas y las víctimas, en munición electoral. Basta con demostrar que el adversario también tiene muertos en su balance; contabilidad en lugar de responsabilidades, excusas en vez de explicaciones. Y a eso lo llaman campaña, sí: la del «y tú más».

Javier López-Escobar

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