Dicen los versos, en forma de cuarteta octosílaba, de una vieja coplilla popular:
«El alcalde de mi pueblo,
¡qué burro tiene que ser,
para mandar en nosotros,
que somos más burros que él!»
Tan antigua es la copla como la inveterada costumbre de tomar por tontos a los vasallos, hoy llamados ciudadanos, pero no tenidos por tales por los asnos del poder. Estos parecen convencidos de que, si dan pan, pueden pasar por encima de cualquiera sin molestarse en rendir cuentas ni asumir responsabilidades.
¿Acaso es esta nuestra condición, la de siervos sumisos que soportan todo con tal de tener algún mendrugo que llevarse a la boca? ¡Dame pan y dime tonto!
Había pensado titular este artículo con un seco «Es usted tonto», pero no he sido capaz. No tengo la habilidad, ni el cuajo, ni la sangre fría, ni la indecencia de creer que es usted lerdo; y, aun si pensara que tal vez le falta un hervor, sería incapaz de espetárselo a la cara sin remordimiento ni comprobación previa. Cosas de la educación que uno ha recibido.
Pero no me resisto a mirar por ahí a ver si hay alguien más que se haya dado cuenta. Y sí, los hay. Plumas bien consideradas como la de Daniel Gascón, nada menos que en El País, titulaban no hace mucho «Tomar a los ciudadanos por idiotas», escandalizado por algunas de las actuaciones del Gobierno de España; y, desde entonces, la lista de motivos para sostener esta tesis no ha hecho más que crecer.
Somos, usted y yo, al parecer, miembros destacados del club de «tontos sin fronteras», a juzgar por lo escrito por Marisa Cruz en El Mundo en su artículo «Estos políticos no aprenden: «y tú más», la equivocación recurrente de los tontos».
Otras figuras públicas, como Javier Gurruchaga, denunciaban también en El País un estado de aletargamiento colectivo, diagnosticando sin rodeos que «estamos tontos perdidos».
Desde polos tan aparentemente opuestos como el de Arturo Pérez-Reverte o Manuel Jabois se llega a parecidas conclusiones. El primero cuenta un paseo por Segovia en el que se admiraba de que nadie aún hubiera exigido la demolición del acueducto por ser vestigio del imperialismo romano que crucificaba hispanos, imponía el latín y perpetraba genocidios como el de Numancia. El segundo analiza en otro artículo la institucionalización de la mentira como recurso oficial de la política y el desprecio hacia la inteligencia del electorado, sosteniendo que las autoridades recurren a embustes burdos amparados en la complacencia de unos ciudadanos que a menudo actúan como fieles incondicionales.
No seguiré: estoy seguro de que, a estas alturas de mi reflexión, usted se siente cualquier cosa menos tonto. Cabreado, tal vez, pero tonto en absoluto. Entonces, ¿por qué el Gobierno de España se empeña minuto a minuto, a través de cualquier medio a su alcance, en considerarnos estúpidos, dedicando además dinero público a ello? ¿Será porque creen que, aunque usted y yo todavía conservemos alguna neurona sana, el resto de la población hace tiempo que perdió la materia gris y sus cabezas tienen hoy menos ideas que pisos disponibles hay en alquiler? Espero que no.
¿Dame pan y dime tonto? Se equivocan de bando. Ya nos ganaremos el pan por nuestra cuenta. Y a esta banda de listos que se ha hecho con el poder habrá que recordarles que de tontos no tenemos un pelo. Ni uno solo. ¿No le parece?
Javier López Escobar
