Gyps fulvus

Este es el nombre científico –género y especie– de una de las aves más impresionantes y admiradas de la península ibérica. Es una de las piezas más insustituibles del ecosistema mediterráneo y España alberga la mayor población de toda Europa.

Más allá de su imponente silueta en nuestros cielos, su valor reside en una función ecológica vital y silenciosa: es el gestor sanitario de la naturaleza. Junto con sus parientes Aegypius monachus, Gypaetus barbatus y Neophron percnopterus, entre otros, se encarga de eliminar de forma rápida y eficiente los cadáveres de ganado y fauna silvestre en el campo. Esta labor de limpieza previene la propagación de enfermedades infecciosas graves como el carbunco o la tuberculosis, al tiempo que evita la contaminación de los acuíferos subterráneos.

Desde una perspectiva económica y de sostenibilidad, estas aves ahorran millones de euros anuales al sector ganadero y a las administraciones públicas al evitar la recogida e incineración artificial de miles de toneladas de biomasa animal, reduciendo con ello las emisiones contaminantes. Su protección no es un capricho estético ni una concesión a la biodiversidad; es la salvaguarda de un servicio ambiental gratuito que garantiza la salud pública y el equilibrio de nuestros campos.

¿De qué me está usted hablando? De los buitres, señor mío; de los buitres. De esos carroñeros que se arremolinan ante un cadáver y compiten por arrancar cada gramo de materia orgánica hasta dejar limpio el esqueleto para que el quebrantahuesos termine el trabajo. ¿Qué tienen de malo los buitres, entonces? Pues depende de cómo se mire.

Si le pregunta a quien nunca ha salido del asfalto de una gran ciudad, con instrucción elemental y lecturas breves, tal vez le responda que es un pájaro monstruoso del tamaño de un perro, color cartón sucio, pico de carnicero y el cuello pelado, gris y arrugado como el de un pollo desplumado, con una especie de bufanda de plumón blanco.

Si lo mira con ojos de ornitólogo, verá un ave accipitriforme de la familia Accipitridae, gran rapaz planeadora y necrófaga, con una envergadura alar de 2,3 a 2,8 metros.

Si es un ecologista quien responde, le dirá que estamos ante una majestuosa e insuperable planeadora, campeona de la salud ambiental e indispensable en el ecosistema.

Si es un militante de la izquierda progresista, probablemente dirá algo como: «Es el perfecto símbolo de la oligarquía rentista y los fondos buitre: un parásito que no produce absolutamente nada, no trabaja y se dedica exclusivamente a sobrevolar el territorio esperando a que la clase obrera caiga en la miseria para arrebatarle hasta el último recurso y devorar sus despojos. Es el gran tenedor del cielo, un especulador de la naturaleza que vive del esfuerzo y el sufrimiento de los de abajo».

En mi caso, la respuesta está a caballo entre la del ornitólogo, la del ecologista y la del fotógrafo, pues es un bicho al que busco y fotografío desde hace años. Le garantizo que presenciar a pocos metros cómo una melé de estos gigantes se abate sobre un cerdo muerto es sobrecogedor. El ruido es inquietante y el olor resulta indescriptible, pero el espectáculo es hermoso. Es la vida abriéndose paso tras la muerte; es la naturaleza ejerciendo su poder, sin política, sin prejuicios y sin contemplaciones.

Hágame caso: si alguien le llama «buitre» por tener un piso y pretender alquilárselo a quien le convenga, saque pecho y mírele como el buitre mira a quienes le observamos en la distancia: con indiferencia biológica y fría paciencia. Y si está dispuesto a escucharle –cosa que dudo–, dígale que se arremangue, que se ponga a levantar pisos –que es lo que hace falta– y que deje al Gyps fulvus planear en paz sobre las Hoces del Duratón.

Javier López-Escobar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *