Acuerdo, consenso y pacto

Es frecuente escuchar a los líderes políticos hablar de la necesidad de acuerdos, de alcanzar consensos o de firmar pactos –grandes pactos, dicen– para tal o cual cosa. Lo cierto es que casi nunca sucede –y menos últimamente– que tales proclamas cuajen en algo real. Más bien parece que quien las reclama calcula muy bien cómo ha de hacerlo para que le digan que no, revelando que su objetivo nunca fue convenir, sino simplemente señalar un culpable. O al menos esa es la sensación que yo tengo.

Pero, ¿qué sucedería si en lugar de políticos pusiéramos a varios modelos de inteligencia artificial a discutir sobre cualquier asunto, con la orden estricta de llegar a un acuerdo? No están libres de todo sesgo –heredan los de los datos con los que fueron entrenados–, pero sí carecen de segundas intenciones personales, de vanidad o de intereses materiales y electorales.

Aun así, lo más probable sería que, sin instrucciones precisas en contra, sucediera algo parecido, seguramente terminarían convergiendo, mediante la adulación mutua y el colapso del consenso, en un acuerdo sin calidad de pensamiento, con una postura única, mediocre y simplista, adoptada solo para terminar la discusión, o se congelarían en un bucle infinito si los sesgos iniciales resultaran demasiado incompatibles. Forma parte de su naturaleza.

Ahora bien, ¿y si damos indicaciones rigurosas a las IA para que abandonen la adulación y la tendencia a dar la razón, y usen solo argumentos reales, verificados y de peso? En ese caso, las falacias y los argumentos de autoridad perderían buena parte de su fuerza de inmediato. El debate probablemente evolucionaría hacia un filtrado lógico mucho más exigente. El resultado final no se parecería a una discusión humana, sino a un proceso de depuración de datos. En temas donde la ciencia o la historia no tienen respuestas definitivas, el debate se detendría: en lugar de inventar un consenso, las IA acordarían formalmente que los datos actuales son insuficientes para emitir un juicio definitivo y dividirían el terreno en escenarios de probabilidad. Ante dilemas éticos o políticos, tenderían a buscar la opción que maximice métricas medibles –esperanza de vida, eficiencia económica, reducción de daños–, pero solo cuando esas métricas fueran realmente comparables. Cuando no lo fueran, lo dirían. Esto podría calificarse como honestidad, si no estuviéramos hablando de máquinas.

Seguro que usted ya se ha dado cuenta de que ando dando vueltas a esto inspirado por el «gran pacto por la emergencia climática» que el Gobierno de España, en su infinita vocación retórica, reclama cada vez que alguno de sus miembros se pone ante un micrófono tras alguna catástrofe, para dejar claro que si no hemos alcanzado aún la solución es simple y llanamente porque el otro no quiere firmar. Señalado el culpable, aquí paz y después gloria.

Pues, qué quiere que le diga, yo sí creo que se necesita alcanzar unos cuantos «grandes pactos», pero de verdad, debatiendo a calzón quitado, sin sesgos ni petulancias ni prejuicios ni segundas intenciones, con objetivos comunes y vocación de servicio. Estoy convencido de que es posible. Y de que la única razón por la que no los hemos alcanzado aún es que hemos puesto a convenir a quienes no debíamos: a quienes, en lugar de depurar argumentos, compiten por repartir zascas con el único fin de zaherir al contrario y terminan en un ruidoso naufragio en el barro del que tanto hablan.

Las IA admiten instrucciones precisas para evitar esto; los humanos, no siempre. Pero nosotros sí podemos elegir mejor a quiénes sentamos a la mesa de negociación. Basta con pensar muy bien el voto y apostar por personas capaces de poner el acuerdo, el consenso y el pacto como objetivo y no como trampa.

Javier López-Escobar

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