Al pan, pan y al vino, vino

O dicho de otro modo: llamemos a las cosas por su nombre… Pero ¿cuál es el nombre de las cosas? Ahora no existe el pan sin más: de masa madre, de molde, sin gluten, de pita o sin sal… ¿Y qué decir del vino? ¡Si hasta lo hay sin alcohol! ¿Cabe mayor contradicción?

Desde el siglo I a.C., Roma contaba con graneros públicos, molinos comunales y hornos estatales. A muchos ciudadanos se les entregaba pan gratuito como parte de la annona, una suerte de subsidio alimentario. Este reparto ayudaba a mantener satisfecha a la plebe… y en su sitio.

Un estudio reciente, publicado en la revista Antiquity por los investigadores Dimitri Van Limbergen y Paulina Komar, revela que la calidad del vino romano era notable y no muy distinta de la actual. Entonces se entendía que el pan y el vino no eran solo alimentos, sino símbolos de civilización; y que la fides –la palabra dada– constituía la piedra angular de las relaciones sociales y comerciales. El incumplimiento de una promesa no representaba solo una falta ética, sino una deshonra pública.

Lo cierto es que, desde entonces hasta hace apenas un suspiro, la tríada del pan, el vino y la palabra permanecía nítida en la mente de cualquier bípedo culturizado en Occidente. Sin embargo, la globalización, acelerada por las modas digitales, ha terminado de desquiciar al personal. Ya no sabemos a qué atenernos en una panadería ante tal variedad de cereales fermentados en las más diversas mezclas, tamaños y formas.

Hubo un día en que por una peseta servían un chato de vino tinto sin más; nadie preguntaba. Hasta que, en un alarde de ingenio, a alguien se le ocurrió cubrir la boca del vaso con una tajada de jamón y de ahí nació la tapa. Hasta ahí llegaba la transgresión. Hoy nadie se atreve a acercarse a una barra y pedir un chato: el desconcierto de los camareros haría encogerse al más osado. No sabrían qué servir ni cómo cobrarlo.

Hoy hemos decidido complicarlo todo. Nada es lo que es; todo admite matiz, revisión o maquillaje. No se suben impuestos, se «afinan». No se vende un país por un plato de lentejas, se «dialoga». No se rectifica, se «profundiza». La piel propia se vuelve fina como el papel de fumar ante un reproche, que se etiqueta de «atentado a la democracia», pero se torna dura como el granito cuando el aludido es el rival, a quien se despacha con el «jarabe democrático». El idioma aguanta; el ciudadano, menos.

Un país se funde a negro y, un año más tarde, sobran excusas y nos faltan luces. Si un tren descarrila por un flagrante déficit de mantenimiento, no busque culpables, busque un diccionario. Allí, la negligencia que siega vidas se transmuta en una «disfunción puntual del protocolo de actuación que causó un accidente imprevisible».

No hay mentira: es un «cambio de opinión». No se falta a la palabra dada: se «adapta la realidad a la nueva aritmética para garantizar la convivencia». No se hurta al Parlamento el debate presupuestario exigido por la Carta Magna: ahora se interpreta que la Constitución, en lugar de obligar a presentar presupuestos, «avala la prórroga». Así, el deber constitucional se despacha con un simple encogimiento de hombros, entre una montaña de compromisos olvidados y una guerra lejana como excusa; las crisis internacionales se convierten en coartadas para seguir gobernando sin gobernar nada ni rendir cuentas.

Cuando hay que explicar demasiado, es que no se quiere decir nada. Y así estamos: llamando de todo al pan y sin saber cómo pedir el vino.

Javier López-Escobar

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